2026/11/07

Pensamiento de hormiga

Pensamiento de hormiga


En la turbamulta no hay orilla desde donde mirar. La primera silueta que se dibuja en su interior es mi propia percepción, hundida como yo en la misma masa.

Podría objetarse que eso vale para la hormiga, no para nosotros. La hormiga no tiene distancia crítica: todo le queda al alcance de las antenas, nada a la distancia de la mirada. Percibe el mundo como contacto, no como perspectiva. Su "yo" es una posición en el flujo de feromonas, no un punto de vista. En un mundo sin exterior, lo primero que se recorta es el borde de quien toca.

Pero la objeción supone que nosotros sí tenemos esa orilla. Y no la tenemos: solo la creemos. La conciencia reflexiva se experimenta como un afuera —un lugar desde el cual mirar la masa—, pero ese afuera es un pliegue más de la masa, no su frontera. Cuando creemos observar la turbamulta desde un margen, lo que observamos es la ilusión de ese margen. La lucidez no rescata de la inmersión: solo la vuelve visible.

Hay una topología en juego. "No hay orilla" es la negación de una variedad con borde: la turbamulta sería una superficie cerrada, sin frontera distinguible, donde no existe un punto exterior desde el cual trazar una carta. La percepción, entonces, no es un mapa del territorio: es un subconjunto del conjunto que pretende representar. La silueta que se dibuja no delimita un objeto estable; es una frontera sin exterior, una curva que solo existe dentro de la masa y se mueve con ella.

Esto no es una metáfora. Es el hábitat literal de un pensamiento que ya no puede ser pensamiento del observador. En la holoforma —esa totalidad topológica donde las partes son nodos de densidad y el todo es la morfodinámica que las articula— no hay un lugar privilegiado para la mirada. Hay pliegues. Y uno de esos pliegues es la percepción que se descubre parte del fenómeno que intenta captar.

La hormiga no se plantea el problema porque no tiene la ilusión de la orilla. Nosotros sí la tenemos, y por eso el problema nos constituye. La diferencia no es que ella esté más hundida: es que nosotros creemos salir, y no salimos. El conocimiento de la propia inmersión no es un rescate. Es apenas la forma que toma la inmersión cuando se sabe inmersa.

El andar de Gradiva


El andar de Gradiva: una técnica del siglo XIX con vestido pompeyano.

《Gradiva: una fantasía pompeyana》de Wilhem Jensen

 

Cuando Hanold se fascina por el bajorrelieve de Gradiva, cree estar tocado por algo antiquísimo. La novela de Jensen hace todo lo posible para sostener esa ilusión: el mármol, Pompeya, la ciudad sepultada, el delirio arqueológico. Pero lo que atrae a Hanold no es una herencia ancestral: es un modo de caminar. Y los modos de caminar no vienen del fondo de la especie. Se aprenden, se enseñan, se cultivan. Cambian con las épocas.

 

El paso de Gradiva —el pie que se levanta, la cadencia, la gracia contenida— no es el paso de las romanas del siglo II. Es un estilo corporal del siglo XIX proyectado sobre el mármol antiguo. Jensen no hace arqueología del caminar: hace estética de su propia época con vestimenta romana. El bajorrelieve se mueve al ritmo del XIX, no al de Roma.

 

Esto tiene una consecuencia que desarma la lectura más difundida. Si lo que atrae es una forma de caminar de una virgen que frisa los veinte años —ni niña ni mujer, en ese umbral que el verbo marca con precisión—, entonces la hipótesis del recuerdo infantil se cae. Una niña no camina como una diva: todavía no aprendió la técnica corporal del porte idealizado. Zoe-niña no podía ser el objeto de esa fascinación, porque el objeto es un estilo aprendido, adulto, históricamente disponible. El paso viene después, se cultiva, se exhibe.

 

Si se escribiera esa misma historia hoy, el bajorrelieve se movería al ritmo de una rutina gimnástica. No porque hayamos descubierto una esencia más verdadera, sino porque las técnicas corporales disponibles son otras. Los cuerpos que se producen y se exhiben hoy no existían hace décadas; los gustos cambian con ellos. Lo que ayer no atraía, hoy atrae; lo que ayer atraía, hoy se volvió invisible. El deseo es histórico, no ancestral.

 

Lo atávico, entonces, funciona muy bien como efecto de ficción: hace que un personaje parezca tocado por algo más viejo que él, algo que no se explica por su biografía y que lo arrastra. Jensen lo usa así, y el lector lo acompaña. Pero como categoría explicativa del deseo, fracasa: el deseo cambia, se aprende, se reconfigura con las técnicas del cuerpo y con los ritmos de cada época.

 

La radio, mientras pensaba en esto, hizo sonar "Mirada Speed" de Virus. La canción condensa el problema en tres minutos: una "fugaz mirada speed" que intimida el corazón, una información que "en diagonal se disemina alrededor", y en el estribillo una "mágica adolescente sin edad". Ahí está la misma franja que marcaba frisaría —ni niña ni mujer—, pero ya no caminando con la cadencia del XIX: balanceándose al ritmo del funk ochentoso. La Gradiva de Jensen se movía al ritmo de su siglo; la adolescente de Virus se balancea al ritmo del suyo. Ninguna de las dos es atávica: las dos son históricas.

 

Y hay un verso que cierra el círculo: "Ahora lo vi en filmación". La mirada ya no es directa: pasó por la mediación técnica. El deseo se activa a través de una imagen reproducida, no de un cuerpo presente. Es exactamente lo que le pasa a Hanold con el bajorrelieve: desea a través de una representación. La diferencia es que el bajorrelieve es piedra del siglo II y la filmación es video de los ochenta. La estructura es la misma: el deseo pasa por el objeto técnico que lo media.

 

Lo único que quizás se podría llamar atávico, sin forzar demasiado, no es el contenido del deseo —que es histórico— sino la necesidad de mediación: la tendencia a desear a través de una imagen, de un relieve, de una filmación. Pero incluso eso es discutible. Lo más sólido es quedarse con lo que la evidencia muestra: formas históricas del deseo, ritmos históricos del cuerpo, objetos que cambian con las épocas. El mármol no envejece; el deseo que lo enciende, sí.

2026/11/03

Trafoi

Cuando lees atentamente El olvido de nombres propios con el que Freud inicia su Psicopatología de la vida cotidiana, lo primero que advertís es la presencia totalizante del significante Trafoi.

No es Signorelli más que la presa final de la presión insoslayable del otro significante. Vale señalar que Trafoi es el nombre de un recuerdo, escena, trama, problema, acontecimiento…

Trafoi condensa todo. Ahí fue el suicidio de un ex paciente por temas sexuales. Freud lo dice simplificado: muerte y sexualidad. Trafoi es en la cabeza de Freud el significante que ordena el enjambre.

En su viaje por los Balcanes, cuesta creer que Freud no tuviera en su cabeza el tema de Trafoi, del cual tuviera noticias hacía pocas semanas atrás. Trafoi insiste en las sombras de la consciencia.

Freud señala que, ante el olvido de un nombre, casi siempre aparecen nombres sustitutivos. Estos tendrán implicancia en el olvido.  En lugar de Signorelli, aparecen Botticelli y Boltraffio.  

Botticelli era para Freud tan familiar como Signorelli. En cambio, Boltraffio era sólo conocido de nombre. La asociación entre Trafoi y Boltraffio es sorprendente.

Cuando Freud intentó nombrar al pintor italiano, ese nombre, Signorelli se hundió en un pozo ciego, y aparecieron los otros dos nombres.

No es un nombre que se olvida, sino una emergencia en el discurso del nombre Boltraffio que le recuerda a Freud lo acontecido hacía semanas. Vía Boltraffio, Trafoi le nubla Signorelli en la memoria.

2026/11/02

El teorema de las proporciones definidas


El teorema de las proporciones definidas

Hay una ley química que dice que los cuerpos se combinan solo en proporciones definidas. Si un elemento sobra, queda libre. Si falta, la combinación no se realiza o se realiza a medias. No importa la cantidad total: importa la proporción. Es una ley simple, casi obvia, pero tiene consecuencias que van mucho más allá del laboratorio.

Gramsci la tomó prestada para pensar la organización política. Dijo que cada agregado humano —un partido, un ejército, un sindicato— tiene su propia proporción óptima entre dirigentes, cuadros y masa. Si esa proporción se rompe, la organización no funciona, aunque tenga muchos afiliados o mucho dinero. La política, como la química, tiene sus proporciones definidas.

Pero hay algo más. Las proporciones definidas no son cantidades. Son cualidades. Son propiedades topológicas. La topología estudia lo que permanece cuando una figura se deforma: la conectividad, los nudos, los agujeros. No le importan las distancias exactas, sino las relaciones. Una taza y una rosquilla son topológicamente equivalentes porque ambas tienen un agujero. No importa si la taza es grande o chica. Lo que importa es la estructura.

Las proporciones definidas son así. No son números fijos. Son relaciones cualitativas que definen la identidad de un sistema. El agua es H₂O no porque haya exactamente dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno en cada molécula, sino porque esa proporción define una cualidad nueva: la liquidez, la capacidad de disolver, la tensión superficial. La proporción no es una cantidad: es una condición de posibilidad.

Y si esto vale para la química y para la política, vale también para la vida. La selección natural no puede pensarse sin proporciones definidas. En cada ecosistema hay una proporción entre depredadores y presas, entre herbívoros y plantas, entre parásitos y huéspedes. Si esa proporción se rompe, el sistema colapsa o se reorganiza. Las peñas de San Pablo son un ejemplo: la proporción entre aves, cangrejos, moscas y algas es la que sostiene la trama. Si desaparecen las aves, el guano se agota, las algas mueren, los crustáceos mueren, los peces se van. La proporción se rompió.

Lo mismo ocurre con el cuerpo humano. La posición erecta es una configuración de proporciones: la relación entre la pelvis, la columna, los músculos antigravitatorios, el oído interno. Esa configuración es una cualidad que define al humano como especie. No es una cantidad de huesos o de músculos: es una relación entre ellos. La Esfinge, cuando pregunta "¿cómo te sostenés?", está preguntando por esa proporción. Está preguntando por la topología del cuerpo humano. Y la respuesta no es un número: es una cualidad. Es la precariedad del equilibrio bípedo. Es la necesidad del bastón al final.

La biopolítica comunista, entonces, no es una cuestión de administrar cantidades. No se trata de tener más producción, más consumo, más crecimiento. Se trata de configurar relaciones. No se trata de tener más médicos o más camas. Se trata de que la proporción entre prevención y curación, entre salud pública y salud privada, sea la adecuada para que el sistema funcione como una trama de covitalidad. No se trata de tener más ciencia o más técnica. Se trata de que la proporción entre investigación y aplicación, entre tecnología y ecología, sea la que permita negociar mejor con la gravedad sin destruir la trama de la vida.

La biopolítica de la modestia es, en el fondo, una topología de la organización. No busca imponer una forma fija, sino encontrar las proporciones que permiten que el flujo siga fluyendo. Como el río que encuentra su cauce. Como el agua que se adapta a las rocas. Como el cuerpo que se sostiene contra la gravedad.

La selección natural es la modulación de las proporciones definidas por la sujeción a la gravedad. Las proporciones que se sostienen, persisten. Las que no, se desmoronan. Y esas proporciones no son cantidades: son cualidades topológicas. Son las formas que el flujo adopta para no dejar de fluir. La Esfinge pregunta por esas proporciones. La biopolítica las configura. La ciencia las estudia. La técnica las negocia. Y el comunismo es la puesta en marcha ininterrumpida de esa configuración.


2026/10/31

Mi ansiedad

Mi ansiedad

Posiblemente no tendría que colocar un adjetivo posesivo en el título, pero no me animo a generalizar algo que parte principalmente de la autoobservación.

Es una distorsión temporal. Es la prisa por salir del presente para alcanzar algo no muy bien definido pero que insiste desde el futuro. No soy de los que considera que hay que vivir exclusivamente el presente como señala esa regla hoy bastante difundida. Pero si fuera partidario de eso, descubriría inmediatamente que cualquier ascesis o rito de vivir bien inmerso en el presente (infinito actual), será precisamente a la ansiedad a quien se debiera vencer.  

En la ansiedad es inevitable no advertir el drang de la pulsión. En el momento preciso en que estás impulsado hacia algo, se cruza otra opción aparentemente mejor y te quedás colgado entre dos vetas que se anulan mutuamente. La falta de objeto ahí es una certeza científica.

No se trata de eliminar la ansiedad sino de entrenarla. Revela que estamos viviendo.

2026/10/23

La sujeción originaria

 La química del carbono derrocha intentos de combinaciones y asociaciones, pero lo que logra vivir es el resto de ese derroche.

Eso que persiste es lo vivo, pero no es más que la espuma de un océano de materia que no llegó a serlo.

La vida es un flujo de energía que se envuelve a sí mismo para persistir. La selección natural es el nombre que le damos a la forma en que el río del mundo modula, sin quererlo, la forma de esos envoltorios.

Pero antes que el río, antes que el clima, antes que el alimento y los depredadores, hay una fuerza que ninguna forma de vida puede esquivar: la gravedad. Es la determinación primera, la más antigua y la más universal. Todo lo vivo está sujeto a ella. Y toda organización de lo vivo es, en el fondo, una respuesta a esa sujeción.

La gravedad no perdona. El que no puede sostenerse, muere. El que no puede moverse eficientemente, muere. El que no puede soportar el peso de su propio cuerpo, muere. Antes de que hubiera competencia, antes de que hubiera escasez, ya estaba la gravedad. Es el filtro más antiguo. El amo invisible.


La vida no deroga la gravedad. La sufre, la usa, la convierte en forma. El pájaro la remonta con el ala. El pez la compensa con la flotabilidad. El árbol la desafía con el tronco. El humano la enfrenta con la posición erecta, ese equilibrio precario que lo obliga a corregirse a cada paso. La Esfinge lo sabía: la pregunta por el ser que camina en cuatro, en dos y en tres es una pregunta por la relación del cuerpo con la gravedad.

Y si la gravedad es la sujeción originaria, entonces derrotar a la Esfinge no es resolver un acertijo. Es cambiar la realidad que lo hace verdadero. Es encontrar un modo de sostenerse que no dependa de la precariedad actual. Es la experimentación con las condiciones materiales de nuestra existencia. Es la biopolítica comunista: no interpretar la gravedad, sino negociar mejor con ella. No el paraíso, sino la puesta en marcha ininterrumpida de un cuerpo que, contra la gravedad, se levanta y camina.

2026/10/18

El capital del no: Manal, el tango y Sumo, o la crítica a la mediocridad


El capital del no: Manal, el tango y Sumo, o la crítica a la mediocridad

Hubo un tiempo en que la crítica a la mediocridad se hacía desde adentro, en primera persona, con el barrio a la vuelta y la familia en la mesa. No era una queja de sociólogo ni un lamento de domingo: era un capital cultural compartido, una gramática del rechazo que volvía vergonzoso lo que se presentaba como normal. Las letras fundacionales del rock argentino lo muestran hasta el hartazgo. Manal, en particular, dejó dos canciones que funcionan como las dos caras de una misma moneda: “No pibe” y “Elena”.

 

“No pibe” es un sermón laico. Un “yo” que ya vio el mecanismo le desarma al joven las instrucciones de la máquina social: el auto, los relojes caros, los cuatro empleos bien pagados, ser astro de televisión. La crítica no es a la pobreza, sino a la promesa de la movilidad como salvación personal. El verso clave es “para que alguien te pueda amar / porque así solo tendrás un negocio más”. Ahí está la operación radical: el ascenso no te hace más amable, te convierte en una transacción. La mediocridad no es falta de ambición, sino reducción de la vida a un negocio. Y la segunda estrofa ataca otro pilar: la identidad. “No debes cambiar tu origen ni mentir sobre tu identidad / es muy triste negar de dónde vienes, lo importante es adónde vas”. No es un elogio de la pobreza: es una defensa de la autenticidad frente al disfraz social.

 

“Elena” es más elusiva, pero puede leerse como un “No Piba”. Si “No pibe” le habla a un joven sobre los mandatos del éxito material, “Elena” le habla a una mujer sobre los mandatos de la apariencia y el valor social. La protagonista camina por la calle “no mira a nadie”, con “ojos de plomo” que solo registran “los autos que la persiguen”. Es una imagen de aislamiento y cosificación. Y la sentencia es casi un test de mercado: “salí con ropa vieja a la calle, fíjate quién te habla de amor”. Despojada del envoltorio, ¿quién se acerca por ella y quién por su personaje? Es la misma gramática de la autenticidad, pero aplicada al cuerpo y al género. El tiempo es la otra amenaza: “Elena, no te olvides del tiempo, / Elena, vos también morirás”. No es solo la muerte física: es morir sin haber vivido de otro modo, en el día del propio sufrirlo.

 

Ese tiempo que desnuda el brillo tiene una genealogía larga en la cultura popular argentina. “Tiempos viejos” (1926) hace el mismo movimiento, pero desde la mirada retrospectiva. La Rubia Mireya fue el centro de la admiración (“se formaba rueda pa’ verla bailar”), y el presente la devuelve como una imagen de la decadencia: “hoy es una pobre mendiga harapienta”, y el narrador confiesa: “cuando por la calle la veo tan vieja / doy vuelta la cara y me pongo a llorar”. El tango llora la pérdida de un esplendor hecho de miradas y de rueda social. Manal, en cambio, lo dice como advertencia en segunda persona. Pero la estructura es la misma: el tiempo desnuda la fragilidad del brillo.

 

Más de una década después, Sumo recogió esa antorcha y la transformó en un gesto de ruptura y rechazo. “La Rubia Tarada” ya no sermonea ni advierte: expresa repulsión. Describe “caras conchetas, miradas berretas”, a la rubia “bronceada, aburrida” que le pregunta por qué se peló, y la respuesta es la sentencia que condensa todo: “por el asco que da tu sociedad”. El sujeto que enuncia ya no es el sabio que baja de la montaña, sino un outsider que siente asco y se va a tomar una ginebra con los suyos. La Rubia Tarada no es una Elena a la que se le puede aconsejar que se ponga ropa vieja: es un estereotipo cerrado, una chica dorada de plástico que ya no tiene interioridad posible. La crítica pasó del consejo al asco, de la pretensión de verdad al gesto de ruptura.

 

Hoy esa gramática compartida parece extraviada. No es que no exista crítica: existe en el trap, el hip hop, la cumbia, los feminismos, las disidencias, el activismo ambiental. El problema es que no constituye un capital cultural masivo, capaz de nombrar un “nosotros” generacional. Está fragmentada, nichada, monetizada por las plataformas. Y la mediocridad ya no se llama así: se llama “éxito”, “marca personal”, “vida sana”, “emprendedurismo”, “sentido común”. La necesidad de una crítica radical sigue ahí, pero quizá no pase por recuperar el sermón de Manal ni la nostalgia del tango. Pase por inventar un lenguaje que vuelva a hacer vergonzoso lo que hoy es normal: la indiferencia, la precarización, la hipocresía, la violencia y la estupidez como destino. Un lenguaje que, como el de Manal, sepa decir “no” desde adentro, sin pureza y sin culpa, pero con la alegría de saber que todavía es posible distinguir la gente despierta de la que solo repite el libreto.


2026/10/11

La fuerza excéntrica

La fuerza excéntrica

Hay una pregunta que la Esfinge le hizo a Edipo y que sigue resonando en cada cuerpo que se sostiene sobre dos piernas. "¿Qué ser camina en cuatro, luego en dos, luego en tres?" La respuesta es el hombre. Pero la pregunta no es un acertijo: es una descripción anatómica. Nacemos gateando, caminamos erguidos con esfuerzo, terminamos apoyados en un bastón. No era tan enigmática la pregunta de la Esfinge, señalaba la verdad desnuda: somos un animal fallado, en equilibrio precario.

Aprendí esto medio de golpe. Cuando mi padre quedó en silla de ruedas, entendí lo que significa perder la negociación con la gravedad. La silla representa la rendición de un cuerpo que ya no puede sostenerse. Es la Esfinge que gana. Me puse a estudiar y conjeturar sobre este tema, y también entendí algo más: que toda la vida es una negociación con esa fuerza que tira hacia abajo. Y que tiene que haber mejores formas de negociar con ella.

Yendo hoy al gimnasio, radicalizo esa idea. Cada movimiento que hacemos ahí es antigravitatorio. Levantar una mancuerna es vencer la gravedad. Bajarla controladamente (la fase excéntrica) es administrarla. Saltar es desafiarla. Correr es empujarla hacia atrás. Estirarse es alinearse contra ella. El gimnasio no debe ser un lugar frívolo. Es un laboratorio donde se aprende a negociar con la fuerza más antigua y más universal.

La fuerza excéntrica es la clave. En una contracción excéntrica, el músculo se alarga mientras produce fuerza. Es el momento en que la gravedad tira hacia abajo y el músculo la frena. Es el control del descenso. No es la negación de la gravedad: es su administración. Es la sujeción hecha técnica, hecha cuerpo, hecha conciencia. Cada repetición es una pregunta: "¿Cómo te sostenés?". Y cada repetición es una respuesta: "Así, controlando la caída, frenando el descenso, negociando con la gravedad".

2026/10/10

La gravedad y la selección natural


1. La gravedad como sujeción originaria

Antes que el clima, antes que los depredadores, antes que la escasez, está la gravedad. La vida surgió en un planeta con una masa determinada, y esa masa impone una fuerza constante. Todo lo que vive está sujeto a ella, desde la bacteria hasta la ballena.

En el agua: La gravedad se compensa con la flotabilidad. El agua sostiene. Por eso las formas de vida acuáticas pueden ser enormes, gelatinosas, sin estructura rígida. El pez no "lucha" contra la gravedad del mismo modo que el animal terrestre. La gravedad está ahí, pero el medio la amortigua.

En la tierra: La gravedad es implacable. Cada gramo de peso debe ser sostenido por músculos, huesos, tendones. La vida terrestre es una arquitectura contra la gravedad. El árbol desarrolla tronco y raíces; el cuadrúpedo, patas y columna; el bípedo, equilibrio y tobillo. Todo eso es respuesta a la gravedad.

En el aire: La gravedad es el enemigo a vencer. El vuelo es una negociación sofisticada con ella: alas, huesos huecos, metabolismos acelerados. El pájaro no escapa a la gravedad; la usa, la remonta, la convierte en sustentación.

La gravedad es la determinación más universal de la selección natural. Ninguna especie escapa a ella. Todas las formas vivas son, en algún sentido, respuestas a la gravedad.

 

2. La gravedad y la organización de lo vivo

Si la gravedad es la sujeción originaria, entonces la organización de lo vivo puede leerse como una serie de soluciones al problema de la gravedad.

La célula: Ya en el nivel más básico, la gravedad influye en la sedimentación de los componentes celulares, en la forma de las membranas, en la distribución del citoplasma. La vida microscópica no es ajena a la gravedad, aunque la perciba de otra manera.

Las plantas: Crecen hacia arriba (fototropismo) y hacia abajo (geotropismo). Sus raíces y tallos son sensores de gravedad. La lignina, la celulosa, todo el esqueleto vegetal, es una respuesta a la necesidad de sostenerse contra la gravedad.

Los animales: La columna vertebral, los músculos antigravitatorios, el corazón que bombea sangre hacia arriba, el sistema de equilibrio del oído interno. Todo eso es una respuesta a la gravedad.

El humano: La posición erecta es la respuesta más radical. Es la apuesta más arriesgada. Ningún otro primate se sostiene sobre dos piernas de forma permanente. Y esa apuesta tiene un costo: el equilibrio precario, los dolores de espalda, las varices, las caídas. La Esfinge lo sabía.

 

3. La gravedad y la selección natural

Si la gravedad es la determinación fundamental, entonces la selección natural es, en gran medida, la selección de las formas que mejor negocian con la gravedad. 

Los que no pueden sostenerse, mueren.

Los que no pueden moverse eficientemente, mueren.

Los que no pueden escapar de un depredador más rápido, mueren.

Los que no pueden soportar el peso de su propio cuerpo, mueren.

 

La gravedad no perdona. Es el filtro más antiguo y más universal. Antes de que hubiera depredadores, antes de que hubiera clima, antes de que hubiera escasez, ya estaba la gravedad. Y sigue estando, en cada paso que damos.

2026/10/08

Contra el abanico infinito

El sujeto sin sustancia y la cadena significante

El sujeto no es una sustancia. No es el yo, no es la persona, no es la conciencia. Es un efecto: el efecto de un significante que lo representa ante otro significante. S1 → S2. El sujeto es lo que queda entre los dos, el intervalo, la hiancia. No tiene ser: tiene lugar. No es: está representado. Y por eso se desliza: porque nunca está fijado del todo, porque ningún significante lo agota, porque siempre puede ser representado por otro.

Eso es Lacan, y es exacto. Pero es equivocado suponer que esa cadena se organiza como una serie. La serie es lineal, sucesiva, acumulativa. La cadena significante no es una serie. Es una trama.

 

Serie y trama

La serie es una sucesión: uno después del otro. La trama es una articulación: cada elemento está en relación con varios otros a la vez. La serie es temporal. La trama es estructural. La serie se recorre. La trama se habita.

Si la cadena significante fuera una serie, el sujeto sería un punto en una línea. Pero no lo es. El sujeto habita una trama: un conjunto de funciones y posiciones que se articulan en una estructura primaria. No hay un orden de sucesión. Hay un orden de articulación. Cada significante remite a varios otros, cada posición se define por sus relaciones con las demás, cada función se ejerce en un campo de diferencias.

Eso es Saussure llevado a su consecuencia: en la lengua no hay términos positivos, solo diferencias. Y es Lévi-Strauss: las estructuras de parentesco no son series de individuos, son sistemas de posiciones. Y es Freud: el complejo de Edipo no es una historia que le pasa a un niño, es una estructura que lo precede y lo constituye.

 

Todo niño nace al interior de una trama

El niño no nace en el vacío. Nace en una trama que ya está ahí: el lenguaje, el parentesco, la historia familiar, la clase, la cultura, la especie. Una trama de funciones y posiciones que lo esperan antes de que él pueda ocuparlas. El niño no elige su lugar: es arrojado a una trama que no eligió y que lo constituye.

La subjetividad es trámica. No es sustancial, no es individual, no es una esencia que se desarrolla. Es una posición en una trama. Y el sujeto debe aprender a habitarla. No a elegirla —no la eligió—, sino a encontrar su posición en ella. Eso es lo que hace el Edipo: no es un mito, no es una etapa, no es una prohibición. Es una operación clínica: la operación por la cual el sujeto encuentra su lugar en la trama.

 

El Edipo como operación clínica

Freud lo pensó como mito, pero el mito es la forma narrativa de una estructura. Lo que el Edipo describe no es una historia, es una operación: cómo el sujeto se posiciona frente a la diferencia de los sexos, frente a la generación, frente a la ley, frente al deseo del Otro. Cómo encuentra su lugar en la trama de posiciones que lo preceden.

Esa operación no es universal en su contenido, pero sí en su función. Todo sujeto, en toda cultura, debe encontrar su lugar en una trama. Y esa operación puede lograrse, puede fallar, puede hacerse de mil maneras. Pero no se puede no hacer. Porque el sujeto es trámico: si no encuentra su lugar, no hay sujeto.

 

El liberalismo anti-Edipo

El liberalismo contemporáneo se ha vuelto anti-Edipo. No quiere saber de la trama. No quiere saber de las posiciones que preceden al sujeto. No quiere saber de la estructura.

Proclama un abanico infinito de posibilidades de identificación. El sujeto elige su identidad, su género, su nombre, su lugar. Como si la trama no existiera. Como si el sujeto pudiera autoproducirse sin antecedentes, sin posiciones, sin ley.

Eso es lo que el liberalismo llama libertad: la ilusión de que el sujeto no está arrojado a una trama. Pero esa ilusión es falsa. El sujeto sigue naciendo en una trama. Sigue estando constituido por posiciones que no eligió. Sigue teniendo que encontrar su lugar. Lo único que cambia es que el liberalismo le dice que no hay trama, que todo es elección, que todo es fluido.

Y el efecto de esa mentira es la desorientación. El sujeto no encuentra su lugar porque le dicen que no hay lugar que encontrar. Se pierde en el abanico infinito de identificaciones, ninguna de las cuales lo constituye. Se desliza sin punto de anclaje. Y eso, en la clínica, se ve como angustia, como vacío, como imposibilidad de desear.

 

Por qué el liberalismo es anti-Edipo

Porque el Edipo es la operación que inscribe al sujeto en la trama. Y el liberalismo quiere sujetos desinscriptos. Sujetos sin antecedentes, sin ley, sin generación. Sujetos que se autoproducen, que se autodiseñan, que se autovenden. El mercado necesita sujetos sin trama: consumidores, emprendedores, individuos intercambiables.

El Edipo, en cambio, inscribe. No para someter, sino para dar lugar. No para prohibir, sino para posicionar. El sujeto que ha pasado por la operación del Edipo sabe de qué trama viene, qué lugar ocupa, qué deuda tiene, qué deseo lo sostiene. No está libre de la trama: habita la trama. Y habitar la trama es lo contrario de perderse en el abanico infinito.

2026/10/04

Psicoanálisis. Escuela Freudiana

 En 1926, la prestigiosa Encyclopaedia Britannica publicó, en su decimotercera edición, un artículo titulado “Psicoanálisis. Escuela Freudiana”. Había sido escrito por Sigmund Freud en 1925. El texto se abre con una referencia de hecho: el psicoanálisis no había tenido mención en la oncena edición, publicada entre 1910 y 1911. Por eso, dice Freud, es imposible limitarse a exponer sus progresos desde 1910, ya que el período principal y más interesante de su historia cae en la época anterior a esa fecha.


Esa mención lejos de ser un simple dato anecdótico. Cumple una doble función deliberada. Por un lado, justifica la extensión y el enfoque del artículo: si la enciclopedia no había cubierto el psicoanálisis hasta entonces, Freud no podía escribir una simple actualización sobre “los avances desde 1910”, sino que se veía obligado a exponer toda la teoría desde sus orígenes. Por otro, reivindica la originalidad y el valor de su descubrimiento: lo esencial del psicoanálisis no son las novedades posteriores a 1910, sino el núcleo fundacional desarrollado en las dos décadas anteriores. El “atraso” de la Britannica es, en realidad, una prueba de la magnitud y la anticipación de su propio trabajo.

Ese período principal, que Freud sitúa entre 1880 y 1910, comprende los hitos que él mismo destaca. La “prehistoria” comienza con Josef Breuer, quien entre 1880 y 1882 utilizó la hipnosis para que una paciente histérica reviviera las escenas traumáticas asociadas a sus síntomas, logrando su desaparición. Ese hallazgo fue el germen del método catártico. La fundación del psicoanálisis propiamente dicha se produce entre 1895 y 1900: la colaboración entre Breuer y Freud culmina en Estudios sobre la histeria (1895); poco después, Freud abandona la hipnosis y crea el método de la asociación libre, acuña el término “psicoanálisis” y corona el período con La interpretación de los sueños (publicada en 1899, fechada en 1900), obra que consideraba su aporte más significativo.

La alusión a la oncena edición, y no a otras, tiene su razón. La 11.ª edición (1910-1911) no contenía mención alguna al psicoanálisis. La 12.ª edición, publicada en 1922, sí incluía menciones tangenciales, pero no como artículo propio, sino dentro de voces como “Behaviorism” y “Psychotherapy”. La 13.ª edición, en cambio, apareció en 1926 compuesta por tres nuevos volúmenes que reemplazaron a los de la 12.ª y funcionaron como un suplemento actualizado de la 11.ª. Fue en esa 13.ª edición donde, por primera vez, se dedicó un artículo monográfico al psicoanálisis, y para escribirlo se recurrió a la “mejor autoridad posible”: el propio Freud, que figura entre los colaboradores notables con el texto “Psychoanalysis: Freudian School”.

Freud, sin embargo, no comenta las menciones de 1922. Su argumentación se apoya únicamente en la ausencia total de 1910-11. La información sobre la 12.ª edición proviene de una nota introductoria del editor, no del propio Freud. Esa nota aclara que el término “psicoanálisis” sí aparecía en 1922, pero disperso en otros artículos, y que el primer tratamiento como tema propio fue el de 1926. En su correspondencia contemporánea con el editor de la Britannica, Freud vuelve a referirse solo a la edición de 1911 y confirma que “no contenía mención alguna del psicoanálisis” (“contained no mention of ΨA”). La referencia a 1922 es, por tanto, un dato contextual que añade el editor para ser exhaustivo, pero que Freud no incorpora a su razonamiento.

El título mismo, “Psicoanálisis. Escuela Freudiana”, es una declaración estratégica. Al calificar al psicoanálisis como una “escuela” y adjetivarla como “freudiana”, Freud reconoce implícitamente la existencia de disidencias y otras corrientes. Para 1926, el movimiento psicoanalítico ya había vivido escisiones significativas: Alfred Adler había fundado la Psicología Individual tras separarse en 1911, y Carl Gustav Jung había desarrollado la Psicología Analítica tras su ruptura en 1913. Ambos habían sido figuras centrales, y sus salidas forzaron a Freud a definir qué era el psicoanálisis “propiamente dicho” frente a lo que consideraba desviaciones. El título funciona así como marca de identidad y propiedad: al escribir él mismo la entrada enciclopédica, Freud se posicionaba como el legítimo fundador y máximo exponente de la única escuela que merecía el nombre de “psicoanálisis”. Las otras corrientes quedaban, por implicación, fuera de esa definición. No es casual que en el propio texto Freud dedique secciones a discutir esas disidencias, tratándolas como desviaciones de la teoría original.

La elección de la Britannica no fue casual. La enciclopedia ocupaba un lugar único en el panorama intelectual anglosajón y europeo. Era, desde el siglo XVIII, el símbolo por excelencia del conocimiento universal y la Ilustración. Su 11.ª edición era considerada una obra maestra, un hito intelectual que combinaba rigor académico y legibilidad, con contribuciones de figuras como Bertrand Russell o T. H. Huxley. Aunque de origen británico, para 1920 era un fenómeno editorial profundamente angloamericano: su edición definía el conocimiento “oficial” para las élites de habla inglesa a ambos lados del Atlántico. La 13.ª edición, concebida como suplemento de la 11.ª, buscaba cubrir el enorme vacío de conocimiento provocado por la Primera Guerra Mundial y los vertiginosos cambios de la posguerra. Publicar en ella significaba que el psicoanálisis era reconocido como una de las fuerzas intelectuales que habían transformado el mundo entre 1910 y 1925.

En conjunto, la publicación en la Britannica de 1926 no fue solo una oportunidad para difundir ideas. Fue la ocasión de consagrar una versión del psicoanálisis en el panteón del conocimiento universal. La enciclopedia ofrecía a Freud una plataforma de autoridad incuestionable para, desde ella, trazar la frontera entre “su” psicoanálisis y las escuelas rivales. El título “Escuela Freudiana”, en un medio tan prestigioso, servía para fijar una definición canónica en el momento exacto en que el movimiento cumplía casi tres décadas de existencia y múltiples ramificaciones.

La verdad a la vista

La verdad a la vista

En La carta robada, Edgar Allan Poe deja una enseñanza que suele pasarse por alto: lo menos visible es aquello que se encuentra a la vista de todos. La policía busca la carta en los rincones más recónditos, en los escondites más ingeniosos. Registra muebles, levanta tablones, examina paredes. Y no la encuentra. Porque Dupin, el perspicaz, la halla sobre el escritorio, encima de otros papeles, a plena luz. La evidencia estaba ahí, expuesta. Pero nadie miraba donde debía.

Con la Esfinge pasa lo mismo. Su enigma no es un misterio profundo. No es una clave metafísica ni una pregunta por el alma. Es una descripción anatómica. Un inventario de nuestras falencias. "Existe sobre la tierra un ser bípedo y cuadrúpedo, que tiene una sola voz, y es también trípode." No hay misterio. Hay un cuerpo. Gateamos al nacer, caminamos erguidos con esfuerzo, usamos bastón al envejecer. Eso es todo. La verdad está a la vista.

Pero no la vemos. Buscamos el sentido de la vida en lo sublime, en lo oculto, en lo profundo. Y la respuesta está en nuestros propios pies. La Esfinge no habla en clave. Habla en lenguaje directo. Es excesivamente realista, materialista, desangelada. No endiosa a la especie. La describe tal como es: un animal fallado, un equilibrio precario, una configuración provisoria de la materia.

Esa es su desfachatez. No se anda con rodeos. No promete paraísos. No invoca esencias. Dice: "Sos esto. Nacés sin poder sostenerte. Vivís corrigiendo el equilibrio. Terminás apoyado en un palo." Y lo dice sin vergüenza, sin piedad, sin consuelo. Es la verdad desnuda, la que todos saben pero nadie quiere mirar.

Edipo responde correctamente. "El hombre", dice. Pero habla de un tercero. No dice "yo soy ese". No dice "esa es mi historia". Acierta la respuesta pero no asume la verdad. Sabe el qué, pero no el quién. Y por eso la Esfinge no se derrota con su respuesta. La Esfinge quería que el humano se mirara al espejo. Edipo miró para otro lado.

Acá está la clave que Poe nos dejó sin saberlo. La carta estaba a la vista. La respuesta también. Pero para encontrarla hay que dejar de buscar en los escondites. Hay que mirar lo que tenemos delante: nuestro propio cuerpo, nuestra propia precariedad, nuestra propia historia natural.

Y ahora viene lo que la Esfinge no dijo, porque su sabiduría es la del momento, no la del porvenir. Si la verdad está a la vista, si el enigma es una descripción anatómica, entonces derrotarla no es resolver un acertijo. Es cambiar la realidad que la hace verdadera. Mientras seamos el animal que gatea, camina y usa bastón, la Esfinge tendrá razón. Su descripción será exacta. Su desfachatez será justificada.

La única forma de derrotarla es dejar de ser ese animal. No interpretar el enigma, sino volverlo obsoleto. Producir un cuerpo que no necesite gatear al nacer ni bastón al morir. Una especie que camine erguida desde el primer paso hasta el último. Eso no es metafísica. Es biopolítica. Es la experimentación con las condiciones materiales de nuestra existencia. Es la puesta en marcha ininterrumpida de una especie que se sabe en transición y no se resigna a ser para siempre un animal fallado.

Poe encontró la carta sobre el escritorio. Dupin la vio porque supo mirar donde los otros no miraban. La Esfinge encontró al hombre en la intersección de sus tres marchas. Edipo la vio, pero no se reconoció. Nosotros, en cambio, podemos hacer las dos cosas: reconocernos en el enigma y, al mismo tiempo, decidir que ese enigma ya no nos describe. Que la verdad a la vista no es una condena. Es un punto de partida.

La Esfinge no fue derrotada por Edipo. Fue mal leída. Su enigma sigue en pie porque el hombre sigue siendo ese animal que camina al borde de su propio desequilibrio. Pero la especie está en transición. Y lo que hoy es verdad, mañana puede ser historia natural. La carta estaba a la vista. Ahora sabemos dónde buscarla. Y sabemos, también, que podemos escribir otra.

Lo actual es solo actual

Lo actual es solo actual

Venimos del mono, decimos. Y la frase nos tranquiliza, como si hubiera un punto de partida claro y un trayecto conocido. Pero no decimos hacia dónde vamos. Porque no lo sabemos. Somos una especie en transición, inacabada, un ensayo que la materia está haciendo consigo misma y que todavía no encontró su forma final. Y quizás no la encuentre nunca.

Darwin, si hubiera escuchado el enigma de la Esfinge, habría sonreído. Le habría dicho que la pregunta está mal planteada, que no hay un ser definitivo que camine en cuatro, en dos y en tres. Hay un proceso. Un momento. Una configuración provisoria de la materia que llamamos humano y que mañana será otra cosa. La Esfinge preguntaba por una esencia; Darwin habría respondido con una historia natural.

Leibniz señalaba que las imprecisiones del lenguaje son ahora, no siempre. Lo que hoy llamamos "hombre" es una palabra provisoria, un rótulo para un estado de la materia que no cesa de transformarse. La lengua nos traiciona cuando habla de esencias. Debería hablar de flujos, de tránsitos, de restos. Pero la lengua también es materia, y tiene sus propias inercias.

La sociabilidad me parece un modo de tránsito. No un destino, sino un camino. Una forma que la materia viva encontró para sostenerse mientras sigue experimentando. De lo primitivo hacia una sociedad total, quizás. O hacia ninguna parte. La covitalidad no es una meta, es una prótesis. Un bastón para seguir caminando.

Lo actual es solo actual. No es el fin de la historia, ni la cima de la evolución, ni el paraíso prometido. Es el momento en que nos tocó vivir. Un momento entre otros. Un resto del derroche. Una espuma en el océano de materia que no llegó a serlo.

Somos la especie que puede saber esto. Que puede mirar su propia transición y no confundirla con una llegada. Que puede sostener la pregunta de la Esfinge sin exigirle una respuesta definitiva. Que puede habitar la intemperie sin inventar un dios que la cierre.

Quizás eso sea lo único que nos distingue: no la razón, no el alma, no la cultura. Sino la capacidad de sabernos inacabados. Y de seguir, a pesar de todo, caminando.

2026/10/02

De la hipnosis a la asociación libre.


De la hipnosis a la asociación libre.

 

Cada vez que Freud intentó presentar su descubrimiento, nunca dejó de lado sus experiencias clínicas anteriores. En ellas ya estaban presentes ciertos presupuestos que serán de crucial importancia para el desarrollo de su especificidad clínica.

 

Tanto en el empleo de la hipnosis (Charcot) como en el método catártico (Breuer) había una hipótesis fuerte y es que, en la enfermedad mental, siempre está presente un acontecimiento pasado que estructura el padecimiento. Una escena que el paciente no alcanza a delimitar, aunque sin saberlo siempre esté hablando de ello.

 

Entonces el tratamiento estrictamente freudiano, será el intento de alcanzar ese secreto pretérito, pero por otros medios. La asociación libre, la escucha flotante, vendrán a ser nuevos elementos terapéuticos. Será en esa vuelta de tuerca donde Freud descubrirá todo el engranaje que sostiene el funcionamiento psíquico. Los procesos primarios, el trabajo del sueño, el inconsciente freudiano.

 

La hipótesis heredada: el acontecimiento pretérito

 

En Charcot, la hipnosis mostraba que los síntomas histéricos tenían una causa psíquica, no orgánica. Había una escena —traumática, olvidada— que el síntoma repetía sin saberlo. En Breuer, el método catártico mostraba que, si el paciente recordaba y abrevaba esa escena bajo hipnosis, el síntoma desaparecía. La hipótesis fuerte era: hay un secreto pretérito que estructura el padecimiento.

 

Freud nunca abandonó esa hipótesis. Lo que abandonó fue la técnica. La hipnosis suprime la resistencia, la catarsis descarga el afecto. Pero ambas dependen de un Otro que sabe —el hipnotizador, el médico— y de un sujeto que no sabe lo que dice. Freud buscó un método que no dependiera de la sugestión, que hiciera al paciente responsable de su propio saber, que no forzara la escena, sino que la dejara emerger.

 

El cambio de medios: asociación libre y escucha flotante

 

Acá está la vuelta de tuerca. La asociación libre no es una técnica de relajación ni de sugestión. Es una regla: el paciente debe decir todo lo que se le ocurra, sin seleccionar, sin juzgar, sin omitir. Y la escucha flotante es su correlato: el analista no debe privilegiar ningún elemento, debe escuchar con la misma atención lo importante y lo trivial, lo coherente y lo absurdo.


Esa regla produce algo que la hipnosis no producía: el yo se delata. El paciente no puede decir todo: algo se corta, algo se olvida, algo se repite. Pero ese corte, ese olvido, esa repetición, no son del inconsciente. Son del yo, que se defiende de un saber que no quiere saber. El inconsciente no resiste: el yo es el que resiste. Y ahí, en esa defensa, en ese borde, Freud descubre el inconsciente. No como un depósito de recuerdos, sino como un trabajo: el trabajo del sueño, el síntoma, el lapsus, el chiste. El inconsciente no es lo que está escondido: es lo que se muestra en lo que falla, y el yo es lo que falla al querer taparlo.

2026/09/22

Hybris y Némesis como dialéctica de lo real. Gracias a Heródoto.


Hybris y Némesis como dialéctica de lo real. Gracias a Heródoto.

En el mundo griego, ese ciclo era una ley de la realidad.

La hybris era la desmesura: el mortal que se cree dios, el rey que se cree por encima de la ley, el poderoso que humilla. Y la némesis era la respuesta: no un castigo arbitrario, sino el restablecimiento de un orden que había sido violado. La desmesura no recibe un castigo externo: la desmesura es ya el comienzo de su propia ruina. Eso es lo que Heródoto muestra una y otra vez, y lo que la tragedia griega dramatiza.

El hybristés (el hombre insolente, ultrajador o agresor violento) no veía la conexión; su ate (ceguera) le impedía reconocer que su propio éxito era la semilla de su caída. Heródoto lo muestra una y otra vez: Creso, Jerjes, Cambises, los propios atenienses. En verdad no es que no la vea, es que no puede verla. Su ate es parte del mecanismo, no un accidente. La ceguera no es un defecto que se podría corregir con más información; es estructural. Eso es lo trágico: el hybristés no puede salir de su ceguera porque la ceguera es su modo de habitar el mundo. Solo el golpe —la némesis— le abre los ojos. Y para entonces, ya no sirve de nada.

En esa dialéctica podrá entenderse mejor el trayecto de Edipo. La ceguera de Edipo es real y simbólica: ve con los ojos, no ve con el alma. Y cuando por fin ve —cuando se arranca los ojos— ya es tarde. La némesis no llega como castigo de los dioses, sino como despliegue de lo que ya estaba escrito en su propio acto de huida.

La némesis no es solo castigo, es revelación. Cuando el golpe llega, el hybristés ve. Y eso es terrible, porque ve demasiado tarde. Eso es lo que Edipo representa: el momento en que se arranca los ojos es el momento en que por fin ve. La némesis es, paradójicamente, el precio de la lucidez.

La religión administra el límite en el plano simbólico; la política debe administrarlo en el plano terrenal.

Toda religión, en el fondo, administra la relación entre el límite y la transgresión, entre la medida y el exceso. Los ritos, los sacrificios, los mandamientos, los tabúes: todo eso son formas de recordarle al hombre que hay un límite. Y la política, en su forma más seria, también: las constituciones, las leyes, la separación de poderes, los contrapesos, la rendición de cuentas. Todo eso son instituciones anti-hybris. No por casualidad los griegos inventaron a la vez la tragedia y la democracia: ambas son máquinas para procesar la desmesura.

La política que se desentiende de esto —que cree que el poder no tiene límite, que el mercado se autorregula, que la técnica no tiene consecuencias, que el líder no rinde cuentas— no es política: es hybris institucionalizada. Y tarde o temprano atrae su némesis, sea en forma de crisis, de guerra, de colapso o de tiranía.

2026/09/18

Los personajes oníricos

 Desde la lógica misma del análisis freudiano de los sueños se pueden inferir algunas nuevas conclusiones generales. Surgen de la observación particular de los propios sueños.

a- El Yo del sueño no coincide con el Yo del soñante.

b- Los personajes presentes en los sueños no coinciden automáticamente con las personas soñadas.

c- En los sueños aparecen asiduamente personajes inexistentes que ni siquiera se pueden asociar a personas sí existentes. Viene a ser una asociación de atributos.

Las opciones b y c pueden ser compatibles entre sí. En ambas el personaje del sueño es una construcción. Una yuxtaposición o condensación de personas conocidas o de posibilidades latentes.

En b, toma forma de persona cercana. Soñé con tal. Aunque cuando desmenuzás el análisis te vas a encontrar con particularidades que no coinciden con el original. Entonces, aunque el papel preponderante lo tenga la persona soñada no coincide con ella completamente. El trabajo del sueño le agregó detalles que esa persona carece en la vida diurna.

En c, el personaje onírico es casi un cálculo de posibilidades. Alguien posible desde lo que ya conocemos en la vigilia. Viene a ser como los personajes que desarrolla un novelista.

En las tres posibilidades uno puede constatar la labilidad de los yoes en juego. Tanto la inercia como el salto hacia otras posiciones subjetivas.

El psicoanálisis no se ocupa del Yo sino de su deriva en el flujo de los procesos primarios. Una deriva que ubica al sujeto en un cambio de posiciones, compatibles con la presencia de sus otros.

2026/09/15

Psiquismo e ideología

Toda teoría sobre el psiquismo, siempre es una teoría sobre la ideología. Sobre cómo adecuar mejor la subjetividad a las reglas de juego imperantes o alternativas.

El psicoanálisis bien entendido implica un proceso de deconstrucción de esas subjetividades impuestas, pero, ratifico el pero; hoy se ve más una tendencia a confirmar un liberalismo extremo que, muy lejos del desarme de la ideología termina agarrándose muy bien a ella.

Decía Oscar Masotta que la experiencia analítica no debe aferrarse simplemente a la cura sino en hacia dónde conduce al sujeto.  A diferencia del análisis, la terapia conduce a lo peor, en palabras de Lacan.

Toda revolución teórica como la freudiana, si no se la profundiza correctamente puede ser recuperada para usos superfluos y hasta contrarios. En el marxismo pasó con el revisionismo que le extirpó su originalidad.

Toda teoría del psiquismo es una teoría de la ideología

No hay teoría del sujeto que no diga, al mismo tiempo, cómo debe el sujeto vivir con los otros. El conductismo: el sujeto debe adaptarse a estímulos. La psicología positiva: el sujeto debe optimizar su bienestar. El cognitivismo: el sujeto debe corregir sus distorsiones. El psicoanálisis de la Ego psychology: el sujeto debe fortalecer su yo para mejor negociar con la realidad. Todas son teorías de la ideología porque todas proponen una norma de subjetivación.

Freud lo sabía. Por eso no fundó una psicología, fundó una praxis. El psicoanálisis no es una teoría del psiquismo que después se aplica: es una experiencia que produce teoría, y esa teoría es sobre lo que resiste a toda adaptación. Lo inconsciente no es un mecanismo que hay que arreglar: es la hiancia por la que el sujeto no coincide consigo mismo. Y esa hiancia no se cierra ni con cura ni con terapia.

2026/09/14

El desliz del significante


Cuando uno se acuesta y no se duerme de inmediato, inevitablemente se pondrá a pensar, hasta que al cruzarse una idea disparatada o poco coincidente con lo que se venía pensando; uno se da cuenta de que se está durmiendo. Ese desliz en el pensamiento consciente muestra a las claras lo que Freud llamó procesos primarios. Ese desliz no es diferente a lo que debe emerger en la asociación libre y que habita también al sueño.

Tanto Breuer como Charcot buscaban ese efecto bajo hipnosis. Freud descubrió que eso era posible en la vigilia sobria, invitando al paciente a asociar libremente. “Diga todo lo se le viene a la cabeza, aunque le resulte absurdo o ridículo” Eso es lo que aparece justo antes de dormir. Asociación libre

El psicoanálisis es práctica de la asociación libre que, mediante la presencia de otro en vigilia, habita el desliz de los procesos primarios sin hipnosis ni sedación, permitiendo que la trama basal fluya y se reconfigure.

2026/09/10

Delegar o colaborar: la verdadera pregunta sobre la IA"


 "Delegar o colaborar: la verdadera pregunta sobre la IA"

Solemos discutir la IA en términos de capacidades: qué puede hacer, qué tan rápido avanza, si nos va a quitar el trabajo. Pero la pregunta decisiva es otra: ¿qué tipo de relación queremos tener con ella?

Hay dos concepciones en pugna.

1. La delegacionista o sustituista. La IA hace el trabajo por mí. Yo pido, ella produce. Yo decido poco y entiendo menos. El resultado puede ser aceptable, incluso brillante, pero el proceso se vuelve opaco. Y al delegar el proceso, no solo el resultado, pierdo tres cosas: la comprensión de lo que se hizo, la capacidad de detectar el error y la responsabilidad de responder por ello. A largo plazo, se atrofia la propia facultad de juzgar. Es el equivalente cognitivo de no caminar nunca.

2. La colaborativa. Con la IA trabajamos juntos. Ella propone, yo dispongo. No reemplaza mi criterio: lo amplifica. Es un exoesqueleto, no una prótesis. La diferencia no está en cuánto trabajo hace la máquina, sino en quién conserva la agencia, la comprensión y la responsabilidad.

Esto conecta con algo más grande. La posverdad no es solo un problema de mentirosos: es lo que pasa cuando nadie entiende los procesos y la verdad deja de verificarse para convertirse en objeto de fe o de cinismo. Si delegamos masivamente en sistemas opacos, terminamos en una sociedad de confianza ciega o de desconfianza total. En ninguno de los dos casos hay pensamiento crítico.

La carrera actual por la superinteligencia es delegacionista por excelencia. Se están delegando decisiones cada vez más críticas —económicas, militares, informativas— a sistemas que ni sus propios creadores dicen comprender del todo. Los responsables de seguridad de Anthropic admitieron públicamente que no tienen un plan para alinear una superinteligencia. Eso es delegar sin red.

El trabajo conjunto es más prometedor, pero no es automático. Para que sea genuino y no una delegación disfrazada, necesita condiciones:

  • Criterio humano en el bucle. La IA propone, el humano dispone, al menos en lo irreversible o de alto impacto.

  • Comprensión suficiente. No hace falta saber cada detalle técnico, pero sí poder preguntar, auditar y disentir.

  • Reversibilidad y puntos de control. Poder frenar, corregir o deshacer antes de que sea tarde.

  • Responsabilidad clara. Siempre tiene que haber un humano o una institución que responda.

  • Uso para ampliar, no para evitar el esfuerzo. La colaboración real exige más pensamiento, no menos.

  • Cuidado con la dependencia. Hay que cultivar lo que no queremos atrofiar.

Hay un riesgo adicional: el lenguaje de la colaboración puede ser cooptado. Las empresas ya venden a la IA como "copiloto", "asistente" o "colega". Suena a trabajo conjunto, pero muchas veces es una forma de que bajemos la guardia y aceptemos sistemas autónomos que en realidad deciden por nosotros.

La pregunta decisiva no es si la IA hace o no hace el trabajo. Es quién conserva la agencia, la comprensión y la responsabilidad. Si esas tres cosas quedan del lado humano, hay colaboración. Si se diluyen en la máquina, hay delegación, por más que la llamemos "trabajo conjunto".