2026/09/22

Hybris y Némesis como dialéctica de lo real. Gracias a Heródoto.


Hybris y Némesis como dialéctica de lo real. Gracias a Heródoto.

En el mundo griego, ese ciclo era una ley de la realidad.

La hybris era la desmesura: el mortal que se cree dios, el rey que se cree por encima de la ley, el poderoso que humilla. Y la némesis era la respuesta: no un castigo arbitrario, sino el restablecimiento de un orden que había sido violado. La desmesura no recibe un castigo externo: la desmesura es ya el comienzo de su propia ruina. Eso es lo que Heródoto muestra una y otra vez, y lo que la tragedia griega dramatiza.

El hybristés (el hombre insolente, ultrajador o agresor violento) no veía la conexión; su ate (ceguera) le impedía reconocer que su propio éxito era la semilla de su caída. Heródoto lo muestra una y otra vez: Creso, Jerjes, Cambises, los propios atenienses. En verdad no es que no la vea, es que no puede verla. Su ate es parte del mecanismo, no un accidente. La ceguera no es un defecto que se podría corregir con más información; es estructural. Eso es lo trágico: el hybristés no puede salir de su ceguera porque la ceguera es su modo de habitar el mundo. Solo el golpe —la némesis— le abre los ojos. Y para entonces, ya no sirve de nada.

En esa dialéctica podrá entenderse mejor el trayecto de Edipo. La ceguera de Edipo es real y simbólica: ve con los ojos, no ve con el alma. Y cuando por fin ve —cuando se arranca los ojos— ya es tarde. La némesis no llega como castigo de los dioses, sino como despliegue de lo que ya estaba escrito en su propio acto de huida.

La némesis no es solo castigo, es revelación. Cuando el golpe llega, el hybristés ve. Y eso es terrible, porque ve demasiado tarde. Eso es lo que Edipo representa: el momento en que se arranca los ojos es el momento en que por fin ve. La némesis es, paradójicamente, el precio de la lucidez.

La religión administra el límite en el plano simbólico; la política debe administrarlo en el plano terrenal.

Toda religión, en el fondo, administra la relación entre el límite y la transgresión, entre la medida y el exceso. Los ritos, los sacrificios, los mandamientos, los tabúes: todo eso son formas de recordarle al hombre que hay un límite. Y la política, en su forma más seria, también: las constituciones, las leyes, la separación de poderes, los contrapesos, la rendición de cuentas. Todo eso son instituciones anti-hybris. No por casualidad los griegos inventaron a la vez la tragedia y la democracia: ambas son máquinas para procesar la desmesura.

La política que se desentiende de esto —que cree que el poder no tiene límite, que el mercado se autorregula, que la técnica no tiene consecuencias, que el líder no rinde cuentas— no es política: es hybris institucionalizada. Y tarde o temprano atrae su némesis, sea en forma de crisis, de guerra, de colapso o de tiranía.

2026/09/18

Los personajes oníricos

 Desde la lógica misma del análisis freudiano de los sueños se pueden inferir algunas nuevas conclusiones generales. Surgen de la observación particular de los propios sueños.

a- El Yo del sueño no coincide con el Yo del soñante.

b- Los personajes presentes en los sueños no coinciden automáticamente con las personas soñadas.

c- En los sueños aparecen asiduamente personajes inexistentes que ni siquiera se pueden asociar a personas sí existentes. Viene a ser una asociación de atributos.

Las opciones b y c pueden ser compatibles entre sí. En ambas el personaje del sueño es una construcción. Una yuxtaposición o condensación de personas conocidas o de posibilidades latentes.

En b, toma forma de persona cercana. Soñé con tal. Aunque cuando desmenuzás el análisis te vas a encontrar con particularidades que no coinciden con el original. Entonces, aunque el papel preponderante lo tenga la persona soñada no coincide con ella completamente. El trabajo del sueño le agregó detalles que esa persona carece en la vida diurna.

En c, el personaje onírico es casi un cálculo de posibilidades. Alguien posible desde lo que ya conocemos en la vigilia. Viene a ser como los personajes que desarrolla un novelista.

En las tres posibilidades uno puede constatar la labilidad de los yoes en juego. Tanto la inercia como el salto hacia otras posiciones subjetivas.

El psicoanálisis no se ocupa del Yo sino de su deriva en el flujo de los procesos primarios. Una deriva que ubica al sujeto en un cambio de posiciones, compatibles con la presencia de sus otros.

2026/09/15

Psiquismo e ideología

Toda teoría sobre el psiquismo, siempre es una teoría sobre la ideología. Sobre cómo adecuar mejor la subjetividad a las reglas de juego imperantes o alternativas.

El psicoanálisis bien entendido implica un proceso de deconstrucción de esas subjetividades impuestas, pero, ratifico el pero; hoy se ve más una tendencia a confirmar un liberalismo extremo que, muy lejos del desarme de la ideología termina agarrándose muy bien a ella.

Decía Oscar Masotta que la experiencia analítica no debe aferrarse simplemente a la cura sino en hacia dónde conduce al sujeto.  A diferencia del análisis, la terapia conduce a lo peor, en palabras de Lacan.

Toda revolución teórica como la freudiana, si no se la profundiza correctamente puede ser recuperada para usos superfluos y hasta contrarios. En el marxismo pasó con el revisionismo que le extirpó su originalidad.

Toda teoría del psiquismo es una teoría de la ideología

No hay teoría del sujeto que no diga, al mismo tiempo, cómo debe el sujeto vivir con los otros. El conductismo: el sujeto debe adaptarse a estímulos. La psicología positiva: el sujeto debe optimizar su bienestar. El cognitivismo: el sujeto debe corregir sus distorsiones. El psicoanálisis de la Ego psychology: el sujeto debe fortalecer su yo para mejor negociar con la realidad. Todas son teorías de la ideología porque todas proponen una norma de subjetivación.

Freud lo sabía. Por eso no fundó una psicología, fundó una praxis. El psicoanálisis no es una teoría del psiquismo que después se aplica: es una experiencia que produce teoría, y esa teoría es sobre lo que resiste a toda adaptación. Lo inconsciente no es un mecanismo que hay que arreglar: es la hiancia por la que el sujeto no coincide consigo mismo. Y esa hiancia no se cierra ni con cura ni con terapia.

2026/09/14

El desliz del significante


Cuando uno se acuesta y no se duerme de inmediato, inevitablemente se pondrá a pensar, hasta que al cruzarse una idea disparatada o poco coincidente con lo que se venía pensando; uno se da cuenta de que se está durmiendo. Ese desliz en el pensamiento consciente muestra a las claras lo que Freud llamó procesos primarios. Ese desliz no es diferente a lo que debe emerger en la asociación libre y que habita también al sueño.

Tanto Breuer como Charcot buscaban ese efecto bajo hipnosis. Freud descubrió que eso era posible en la vigilia sobria, invitando al paciente a asociar libremente. “Diga todo lo se le viene a la cabeza, aunque le resulte absurdo o ridículo” Eso es lo que aparece justo antes de dormir. Asociación libre

El psicoanálisis es práctica de la asociación libre que, mediante la presencia de otro en vigilia, habita el desliz de los procesos primarios sin hipnosis ni sedación, permitiendo que la trama basal fluya y se reconfigure.

2026/09/10

Delegar o colaborar: la verdadera pregunta sobre la IA"


 "Delegar o colaborar: la verdadera pregunta sobre la IA"

Solemos discutir la IA en términos de capacidades: qué puede hacer, qué tan rápido avanza, si nos va a quitar el trabajo. Pero la pregunta decisiva es otra: ¿qué tipo de relación queremos tener con ella?

Hay dos concepciones en pugna.

1. La delegacionista o sustituista. La IA hace el trabajo por mí. Yo pido, ella produce. Yo decido poco y entiendo menos. El resultado puede ser aceptable, incluso brillante, pero el proceso se vuelve opaco. Y al delegar el proceso, no solo el resultado, pierdo tres cosas: la comprensión de lo que se hizo, la capacidad de detectar el error y la responsabilidad de responder por ello. A largo plazo, se atrofia la propia facultad de juzgar. Es el equivalente cognitivo de no caminar nunca.

2. La colaborativa. Con la IA trabajamos juntos. Ella propone, yo dispongo. No reemplaza mi criterio: lo amplifica. Es un exoesqueleto, no una prótesis. La diferencia no está en cuánto trabajo hace la máquina, sino en quién conserva la agencia, la comprensión y la responsabilidad.

Esto conecta con algo más grande. La posverdad no es solo un problema de mentirosos: es lo que pasa cuando nadie entiende los procesos y la verdad deja de verificarse para convertirse en objeto de fe o de cinismo. Si delegamos masivamente en sistemas opacos, terminamos en una sociedad de confianza ciega o de desconfianza total. En ninguno de los dos casos hay pensamiento crítico.

La carrera actual por la superinteligencia es delegacionista por excelencia. Se están delegando decisiones cada vez más críticas —económicas, militares, informativas— a sistemas que ni sus propios creadores dicen comprender del todo. Los responsables de seguridad de Anthropic admitieron públicamente que no tienen un plan para alinear una superinteligencia. Eso es delegar sin red.

El trabajo conjunto es más prometedor, pero no es automático. Para que sea genuino y no una delegación disfrazada, necesita condiciones:

  • Criterio humano en el bucle. La IA propone, el humano dispone, al menos en lo irreversible o de alto impacto.

  • Comprensión suficiente. No hace falta saber cada detalle técnico, pero sí poder preguntar, auditar y disentir.

  • Reversibilidad y puntos de control. Poder frenar, corregir o deshacer antes de que sea tarde.

  • Responsabilidad clara. Siempre tiene que haber un humano o una institución que responda.

  • Uso para ampliar, no para evitar el esfuerzo. La colaboración real exige más pensamiento, no menos.

  • Cuidado con la dependencia. Hay que cultivar lo que no queremos atrofiar.

Hay un riesgo adicional: el lenguaje de la colaboración puede ser cooptado. Las empresas ya venden a la IA como "copiloto", "asistente" o "colega". Suena a trabajo conjunto, pero muchas veces es una forma de que bajemos la guardia y aceptemos sistemas autónomos que en realidad deciden por nosotros.

La pregunta decisiva no es si la IA hace o no hace el trabajo. Es quién conserva la agencia, la comprensión y la responsabilidad. Si esas tres cosas quedan del lado humano, hay colaboración. Si se diluyen en la máquina, hay delegación, por más que la llamemos "trabajo conjunto".