El sujeto sin sustancia y la cadena significante
El sujeto no es una sustancia. No es el yo, no es la
persona, no es la conciencia. Es un efecto: el efecto de un significante que lo
representa ante otro significante. S1 → S2. El sujeto es lo que queda entre los
dos, el intervalo, la hiancia. No tiene ser: tiene lugar. No es: está
representado. Y por eso se desliza: porque nunca está fijado del todo, porque
ningún significante lo agota, porque siempre puede ser representado por otro.
Eso es Lacan, y es exacto. Pero es equivocado suponer que
esa cadena se organiza como una serie. La serie es lineal, sucesiva,
acumulativa. La cadena significante no es una serie. Es una trama.
Serie y trama
La serie es una sucesión: uno después del otro. La trama
es una articulación: cada elemento está en relación con varios otros a la vez.
La serie es temporal. La trama es estructural. La serie se recorre. La trama se
habita.
Si la cadena significante fuera una serie, el sujeto
sería un punto en una línea. Pero no lo es. El sujeto habita una trama: un
conjunto de funciones y posiciones que se articulan en una estructura primaria.
No hay un orden de sucesión. Hay un orden de articulación. Cada significante
remite a varios otros, cada posición se define por sus relaciones con las
demás, cada función se ejerce en un campo de diferencias.
Eso es Saussure llevado a su consecuencia: en la lengua
no hay términos positivos, solo diferencias. Y es Lévi-Strauss: las estructuras
de parentesco no son series de individuos, son sistemas de posiciones. Y es
Freud: el complejo de Edipo no es una historia que le pasa a un niño, es una
estructura que lo precede y lo constituye.
Todo niño nace
al interior de una trama
El niño no nace en el vacío. Nace en una trama que ya
está ahí: el lenguaje, el parentesco, la historia familiar, la clase, la
cultura, la especie. Una trama de funciones y posiciones que lo esperan antes
de que él pueda ocuparlas. El niño no elige su lugar: es arrojado a una trama
que no eligió y que lo constituye.
La subjetividad es trámica. No es sustancial, no es
individual, no es una esencia que se desarrolla. Es una posición en una trama.
Y el sujeto debe aprender a habitarla. No a elegirla —no la eligió—, sino a
encontrar su posición en ella. Eso es lo que hace el Edipo: no es un mito, no
es una etapa, no es una prohibición. Es una operación clínica: la operación por
la cual el sujeto encuentra su lugar en la trama.
El Edipo como
operación clínica
Freud lo pensó como mito, pero el mito es la forma
narrativa de una estructura. Lo que el Edipo describe no es una historia, es
una operación: cómo el sujeto se posiciona frente a la diferencia de los sexos,
frente a la generación, frente a la ley, frente al deseo del Otro. Cómo
encuentra su lugar en la trama de posiciones que lo preceden.
Esa operación no es universal en su contenido, pero sí en
su función. Todo sujeto, en toda cultura, debe encontrar su lugar en una trama.
Y esa operación puede lograrse, puede fallar, puede hacerse de mil maneras.
Pero no se puede no hacer. Porque el sujeto es trámico: si no encuentra su
lugar, no hay sujeto.
El liberalismo
anti-Edipo
El liberalismo contemporáneo se ha vuelto anti-Edipo. No
quiere saber de la trama. No quiere saber de las posiciones que preceden al
sujeto. No quiere saber de la estructura.
Proclama un abanico infinito de posibilidades de
identificación. El sujeto elige su identidad, su género, su nombre, su lugar.
Como si la trama no existiera. Como si el sujeto pudiera autoproducirse sin
antecedentes, sin posiciones, sin ley.
Eso es lo que el liberalismo llama libertad: la ilusión
de que el sujeto no está arrojado a una trama. Pero esa ilusión es falsa. El
sujeto sigue naciendo en una trama. Sigue estando constituido por posiciones
que no eligió. Sigue teniendo que encontrar su lugar. Lo único que cambia es
que el liberalismo le dice que no hay trama, que todo es elección, que todo es
fluido.
Y el efecto de esa mentira es la desorientación. El
sujeto no encuentra su lugar porque le dicen que no hay lugar que encontrar. Se
pierde en el abanico infinito de identificaciones, ninguna de las cuales lo
constituye. Se desliza sin punto de anclaje. Y eso, en la clínica, se ve como
angustia, como vacío, como imposibilidad de desear.
Por qué el
liberalismo es anti-Edipo
Porque el Edipo es la operación que inscribe al sujeto en
la trama. Y el liberalismo quiere sujetos desinscriptos. Sujetos sin
antecedentes, sin ley, sin generación. Sujetos que se autoproducen, que se
autodiseñan, que se autovenden. El mercado necesita sujetos sin trama:
consumidores, emprendedores, individuos intercambiables.
El Edipo, en cambio, inscribe. No para someter, sino para
dar lugar. No para prohibir, sino para posicionar. El sujeto que ha pasado por
la operación del Edipo sabe de qué trama viene, qué lugar ocupa, qué deuda
tiene, qué deseo lo sostiene. No está libre de la trama: habita la trama. Y
habitar la trama es lo contrario de perderse en el abanico infinito.
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