De la hipnosis a la asociación libre.
Cada vez que Freud intentó presentar su descubrimiento, nunca dejó de lado
sus experiencias clínicas anteriores. En ellas ya estaban presentes ciertos
presupuestos que serán de crucial importancia para el desarrollo de su especificidad
clínica.
Tanto en el empleo de la hipnosis (Charcot) como en el método catártico
(Breuer) había una hipótesis fuerte y es que, en la enfermedad mental, siempre
está presente un acontecimiento pasado que estructura el padecimiento. Una
escena que el paciente no alcanza a delimitar, aunque sin saberlo siempre esté
hablando de ello.
Entonces el tratamiento estrictamente freudiano, será el intento de
alcanzar ese secreto pretérito, pero por otros medios. La asociación libre, la
escucha flotante, vendrán a ser nuevos elementos terapéuticos. Será en esa
vuelta de tuerca donde Freud descubrirá todo el engranaje que sostiene el
funcionamiento psíquico. Los procesos primarios, el trabajo del sueño, el
inconsciente freudiano.
La hipótesis heredada: el
acontecimiento pretérito
En Charcot, la hipnosis mostraba que los síntomas histéricos tenían una
causa psíquica, no orgánica. Había una escena —traumática, olvidada— que el
síntoma repetía sin saberlo. En Breuer, el método catártico mostraba que, si el
paciente recordaba y abrevaba esa escena bajo hipnosis, el síntoma desaparecía.
La hipótesis fuerte era: hay un secreto pretérito que estructura el
padecimiento.
Freud nunca abandonó esa hipótesis. Lo que abandonó fue la técnica. La
hipnosis suprime la resistencia, la catarsis descarga el afecto. Pero ambas
dependen de un Otro que sabe —el hipnotizador, el médico— y de un sujeto que no
sabe lo que dice. Freud buscó un método que no dependiera de la sugestión, que
hiciera al paciente responsable de su propio saber, que no forzara la escena,
sino que la dejara emerger.
El cambio de medios:
asociación libre y escucha flotante
Acá está la vuelta de tuerca. La asociación libre no es una técnica de
relajación ni de sugestión. Es una regla: el paciente debe decir todo lo que se
le ocurra, sin seleccionar, sin juzgar, sin omitir. Y la escucha flotante es su
correlato: el analista no debe privilegiar ningún elemento, debe escuchar con
la misma atención lo importante y lo trivial, lo coherente y lo absurdo.
Esa regla produce algo que la hipnosis no producía: el yo se delata. El
paciente no puede decir todo: algo se corta, algo se olvida, algo se repite.
Pero ese corte, ese olvido, esa repetición, no son del inconsciente. Son del
yo, que se defiende de un saber que no quiere saber. El inconsciente no
resiste: el yo es el que resiste. Y ahí, en esa defensa, en ese borde, Freud
descubre el inconsciente. No como un depósito de recuerdos, sino como un
trabajo: el trabajo del sueño, el síntoma, el lapsus, el chiste. El
inconsciente no es lo que está escondido: es lo que se muestra en lo que falla,
y el yo es lo que falla al querer taparlo.

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