Esa bandera. Ese gesto mínimo y gigantesco es la manifestación más pura de algo que las elites nunca entendieron y que los gobiernos progresistas tampoco supieron canalizar del todo. Es la prueba de que existe una Argentina plebeya, irreductible, que no se rinde a la lógica del mercado ni a la resignación del "no hay alternativa". Una Argentina que cuando se junta, cuando canta, cuando compite, saca lo mejor de sí misma.
Esa es la Argentina de la que hablamos cuando hablamos de
nacionalismo popular.
Un nacionalismo
que no es de derecha
Conviene aclararlo de entrada: este nacionalismo no tiene
nada que ver con el chovinismo xenófobo que las derechas enarbolan en otras
latitudes. No es un nacionalismo de superioridad racial ni de odio al
extranjero. Es, como lo definió el boliviano Álvaro García Linera, la
conciencia de pertenecer a una comunidad histórica concreta, con
características propias, con una memoria compartida, con una forma de sufrir y
de celebrar que nos distingue.
En la Argentina, ese nacionalismo popular se forjó en la
fusión de los "cabecitas negras" que bajaban del interior empujados
por la miseria del campo y los inmigrantes europeos que huían de las guerras y
el hambre. No fue una suma mecánica. Fue una aleación nueva. Un sujeto
colectivo que encontró en el peronismo su expresión política, pero que lo
trasciende largamente.
Ese nacionalismo es el que llena las canchas cada fin de
semana, el que hace que un pibe de una villa se ponga la camiseta de la
Selección como un manto sagrado, el que convierte a Maradona y a Messi en
íconos populares mucho más potentes que cualquier candidato. No es un
nacionalismo de Estado. Es un nacionalismo de pueblo. Y por eso es tan difícil
de domesticar.
Lo que la
política no puede canalizar
El drama de nuestro tiempo es que esa fuerza popular no
encuentra traducción política. El peronismo, que supo ser el gran articulador
de ese nacionalismo plebeyo, hoy está fragmentado, burocratizado, atrapado en
disputas de cúpulas. Las izquierdas, en su mayoría, miran con desconfianza
cualquier manifestación de nacionalismo, como si fuera un resabio de falsa
conciencia. Y mientras tanto, las derechas —ahora con Milei a la cabeza—
intentan apropiarse de los símbolos nacionales para vaciarlos de contenido
social y llenarlos de un individualismo feroz.
Pero la bandera que Lo Celso sostuvo no era de Milei. No
era del gobierno. No era de ningún partido. Era de un hincha anónimo y de un
jugador que supo tomarla. De esa Argentina que no se rinde, que no se vende,
que no se resigna.
La tarea
pendiente
La nación no es solo un territorio. Es un conjunto de
humanos con características propias, una comunidad de destino. Esa definición
nos cabe como anillo al dedo. Porque la Argentina no es un mapa. Es un pueblo
que se hizo en la lucha, en la mezcla, en la resistencia. Un pueblo que quiere
ser dueño de su mapa.
Esa comunidad de destino está viva. La vemos en los
gestos de los que triunfan sin olvidar sus raíces, en cada olla popular, en
cada compra comunitaria, en cada perro callejero al que los vecinos le buscan
un hogar. Está viva, pero fragmentada. Sin conducción, sin proyecto, sin
herramienta.
La tarea es soldar eso. Unir lo que el capital separa.
Construir un movimiento que exprese ese nacionalismo popular y lo traduzca en
poder real. No para volver al pasado, sino para inventar un futuro donde una
bandera blanca con letras negras, hecha en casa, no sea solo un recuerdo
emotivo, sino el anticipo de una nación que sabe ponerse de pie.

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