2026/08/09

Nacionalismo popular


Esa bandera. Ese gesto mínimo y gigantesco es la manifestación más pura de algo que las elites nunca entendieron y que los gobiernos progresistas tampoco supieron canalizar del todo. Es la prueba de que existe una Argentina plebeya, irreductible, que no se rinde a la lógica del mercado ni a la resignación del "no hay alternativa". Una Argentina que cuando se junta, cuando canta, cuando compite, saca lo mejor de sí misma.

Esa es la Argentina de la que hablamos cuando hablamos de nacionalismo popular.

 

Un nacionalismo que no es de derecha

Conviene aclararlo de entrada: este nacionalismo no tiene nada que ver con el chovinismo xenófobo que las derechas enarbolan en otras latitudes. No es un nacionalismo de superioridad racial ni de odio al extranjero. Es, como lo definió el boliviano Álvaro García Linera, la conciencia de pertenecer a una comunidad histórica concreta, con características propias, con una memoria compartida, con una forma de sufrir y de celebrar que nos distingue.

En la Argentina, ese nacionalismo popular se forjó en la fusión de los "cabecitas negras" que bajaban del interior empujados por la miseria del campo y los inmigrantes europeos que huían de las guerras y el hambre. No fue una suma mecánica. Fue una aleación nueva. Un sujeto colectivo que encontró en el peronismo su expresión política, pero que lo trasciende largamente.

Ese nacionalismo es el que llena las canchas cada fin de semana, el que hace que un pibe de una villa se ponga la camiseta de la Selección como un manto sagrado, el que convierte a Maradona y a Messi en íconos populares mucho más potentes que cualquier candidato. No es un nacionalismo de Estado. Es un nacionalismo de pueblo. Y por eso es tan difícil de domesticar.

 

Lo que la política no puede canalizar

El drama de nuestro tiempo es que esa fuerza popular no encuentra traducción política. El peronismo, que supo ser el gran articulador de ese nacionalismo plebeyo, hoy está fragmentado, burocratizado, atrapado en disputas de cúpulas. Las izquierdas, en su mayoría, miran con desconfianza cualquier manifestación de nacionalismo, como si fuera un resabio de falsa conciencia. Y mientras tanto, las derechas —ahora con Milei a la cabeza— intentan apropiarse de los símbolos nacionales para vaciarlos de contenido social y llenarlos de un individualismo feroz.

Pero la bandera que Lo Celso sostuvo no era de Milei. No era del gobierno. No era de ningún partido. Era de un hincha anónimo y de un jugador que supo tomarla. De esa Argentina que no se rinde, que no se vende, que no se resigna.

 

La tarea pendiente

 

La nación no es solo un territorio. Es un conjunto de humanos con características propias, una comunidad de destino. Esa definición nos cabe como anillo al dedo. Porque la Argentina no es un mapa. Es un pueblo que se hizo en la lucha, en la mezcla, en la resistencia. Un pueblo que quiere ser dueño de su mapa.

Esa comunidad de destino está viva. La vemos en los gestos de los que triunfan sin olvidar sus raíces, en cada olla popular, en cada compra comunitaria, en cada perro callejero al que los vecinos le buscan un hogar. Está viva, pero fragmentada. Sin conducción, sin proyecto, sin herramienta.

La tarea es soldar eso. Unir lo que el capital separa. Construir un movimiento que exprese ese nacionalismo popular y lo traduzca en poder real. No para volver al pasado, sino para inventar un futuro donde una bandera blanca con letras negras, hecha en casa, no sea solo un recuerdo emotivo, sino el anticipo de una nación que sabe ponerse de pie.

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