2026/08/15

La sujeción hecha instrumento

La sujeción hecha instrumento

La vida no deroga la física. La sufre, la usa, la convierte en forma. Y con esa forma, construye herramientas, industria, técnica. La sujeción no termina en el cuerpo: se prolonga en la máquina.

El pájaro responde a la gravedad con el ala. El pez responde a la densidad del agua con la aleta. El humano responde a la vertical con un equilibrio precario que se corrige a cada paso. Pero hay una diferencia. El pájaro no construye un avión; el humano sí. El pez no fabrica un submarino; el humano sí. La técnica es la manera en que una especie, sometida a las leyes de la física, extiende su propia configuración para negociar mejor con esas leyes. Es la sujeción hecha instrumento.

El bastón no es un simple palo. Es una prótesis del equilibrio perdido. La rueda es una negociación con la fricción. El arco es una acumulación de tensión que se libera. Cada herramienta nace de un cuerpo que no se resigna a padecer la física: la estudia, la aprovecha, la convierte en palanca. La técnica no es un reino artificial separado de la naturaleza. Es la naturaleza misma, en su forma humana, prolongándose en artefactos. La física sigue mandando. Solo que ahora le respondemos con instrumentos.

Pero la técnica, al prolongar el cuerpo, prolonga también las relaciones de poder que se tejen sobre ese cuerpo. Toda herramienta es, al mismo tiempo, una posibilidad y una amenaza. El cuchillo puede cortar el pan o cortar la vida. La máquina puede aliviar el trabajo o expulsar al trabajador. La red puede conectar o vigilar. La técnica no es neutral: es el campo donde se decide si la sujeción se vuelve acoplamiento o dominación.

El capitalismo lo entendió antes que nadie. Convirtió la técnica en un instrumento de dominación de clase. La fábrica no es solo una respuesta a la física; es un dispositivo para extraer plusvalía. La máquina no solo multiplica la fuerza humana: la disciplina, la cronometra, la subordina. La sujeción del cuerpo a la física terminó siendo administrada por los que someten a otros cuerpos. La gravedad, que nos obliga a sostenernos, se convirtió en un sistema de pesos y cadenas. Eso es la sujeción hecha dominación.

Una política emancipatoria no renuncia a la técnica, como si fuera un demonio. Eso sería una estupidez reaccionaria. La recupera, la reorienta, la devuelve a su función originaria: ayudar a sostenerse, como el bastón de la Esfinge, y no aplastar, como la espada del amo. La ciencia y la industria no son el enemigo. El enemigo es la relación social que las secuestra y las pone al servicio del lucro.

La biopolítica de la modestia parte de ahí: de saber que la técnica es la continuación de la selección natural por otros medios, pero que su orientación ya no está dictada por la gravedad. Está dictada por las relaciones sociales. Y ahí, en ese punto exacto, la sujeción física se cruza con la lucha de clases.

La Esfinge no solo pregunta por el equilibrio del cuerpo. Pregunta también por el uso de la herramienta. ¿El bastón sirve para sostenerte o para golpear? ¿La máquina sirve para alimentar o para someter? ¿La técnica sirve para liberar o para oprimir?

No hay respuesta metafísica. Solo hay una práctica: la de una especie que, sometida a la física, construye instrumentos para sobrevivir. Y que, en ese mismo acto, decide si la sujeción será acoplamiento o dominación. La materia viva no puede escapar de la física. Pero puede elegir, si se organiza, qué hacer con las herramientas que esa sujeción le ha obligado a inventar. Esa es la dignidad de lo vivo: no la libertad abstracta, sino la experimentación concreta de un cuerpo que, contra la gravedad, se levanta y camina. Y a veces, construye.

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