2026/01/28

Sobre el Ello

Nada de lo que Freud haya desarrollado puede entenderse sin considerar que no hay Ello sin cuerpo, porque sin cuerpo no hay síntoma. El Ello no es una instancia abstracta ni un reservorio puramente verbal: está anudado a lo sensible, a la percepción, a la memoria y a los escenarios en los que una vida se despliega.

Es cierto que Freud, en su práctica clínica, privilegió el andarivel de la palabra. Esa reducción no fue un empobrecimiento teórico sino una decisión metodológica: lo clínicamente accesible es aquello que el paciente puede decir. Sin embargo, el trabajo del sueño muestra con claridad que el Ello no se agota en lo verbal. En los sueños persisten restos visuales, sensoriales, afectivos, que no siempre se prestan a la interpretación ni la requieren. Hay escenas que simplemente están ahí, como los lugares de la vida: una calle, una casa, un paisaje que cambia con los años y, sin embargo, conserva su identidad.

El Ello no puede separarse ni del cuerpo ni de esos escenarios. La idea de que el cuerpo es algo distinto del alma no es más que una ilusión yoica. El síntoma se encarga de recordarlo de manera insistente. El cuerpo de hoy no es el de ayer, pero basta que un olor irrum­pa en el presente para que el tiempo se pliegue y nos desplace décadas atrás. Esa persistencia no es espiritual ni metafórica: es material, sensible, corporal.

Plantear la cientificidad del psicoanálisis no implica necesariamente inscribirlo como una ciencia en sentido estricto. Freud distinguía con claridad entre ciencia y arte, y la pregunta que se hacía no era si el psicoanálisis era una ciencia, sino si ese arte se ocupaba de realidades de las que la ciencia puede dar cuenta. Hay artes que no se apoyan en ninguna realidad objetivable; el psicoanálisis no es una de ellas.

Que la causalidad de las neurosis no se reduzca a determinaciones estrictamente biológicas no significa que Freud niegue la biología. Significa que introduce otras determinaciones no menos materiales ni menos objetivas que los procesos bioquímicos, neuronales o fisiológicos. A partir de Freud —y con mayor rigor aún en Lacan— se vuelve evidente que los procesos psíquicos están regidos por leyes que exceden cualquier lógica individual. El inconsciente no es una propiedad subjetiva; no preexiste como entidad. Se constituye a partir de un análisis, aunque nadie pueda sustraerse a las determinaciones del lenguaje que lo hacen posible.

Todo ser humano, como cualquier otra especie animal, dispone de un sistema perceptivo. Freud asocia ese sistema al Yo, pero lo cierto es que la percepción comienza mucho antes de que el Yo se constituya. Desde el período prenatal, todo lo percibido se acumula. Debemos suponer que se inscribe en el sistema nervioso. Sorprende que cuando un niño comienza a hablar, pareciera que hubiera aprendido todo de golpe. Lacan lo formula de otro modo: el sujeto que habla, antes que nada, es hablado.

No sólo escuchamos palabras; escuchamos el modo en que son dichas. Ese caudal auditivo queda guardado como un murmullo de fondo, al que se suman otros registros sonoros: la música, un timbre, un trueno, el ruido de una máquina. A ello hay que agregar lo visual, lo olfativo, lo gustativo. Todo converge en lo que Freud llamó huellas mnémicas: la memoria. Schreber añadía la voluptuosidad; tal vez ahí se encuentre la matriz perceptiva de la libido freudiana, una memoria del goce.

Todas las especies perciben y almacenan. De lo contrario no podrían advertir el peligro ni ser adiestradas. Todo se guarda, sin selección previa. Que ciertas huellas resulten más elocuentes que otras no indica una selección originaria, sino una organización posterior o una predominancia estructural en el momento mismo de la percepción.

A ese caudal acumulado —mucho más embrollado en el humano por la complejidad del lenguaje— Freud lo llamó Ello. El Yo no es más que un filtro, siempre precario, determinado por ese territorio inhóspito que lo precede. El Ello no es caos puro, pero tampoco orden consciente: es un archivo vivo, sensible, persistente.

En ese punto Freud descubre el psicoanálisis como tratamiento de las neurosis. Invita al paciente a decir lo que se le venga a la cabeza, aunque parezca absurdo o ridículo. La asociación libre no es libre: es el intento de suspender el filtro yoico para que el Ello hable, como lo hace en el sueño, sin despertar cuando aparece lo doloroso ni callar cuando emerge lo insoportable.

Podría decirse que el Ello excede largamente a Freud. Todas las religiones, de algún modo, lo han trabajado. En muchos métodos de meditación se busca acallarlo mediante un número, una frase, un mantra. El psicoanálisis, en cambio, no busca silenciar el Ello sino tratarlo: dejarlo hablar bajo condiciones precisas, a través de la transferencia y de una interpretación singular.

El inconsciente freudiano no es el Ello en bruto, sino su tratamiento específico. No se trata de eliminarlo ni de dominarlo, sino de permitir que aquello que insiste desde el cuerpo, la memoria y la percepción encuentre una vía de decir. Que Ello hable.

2026/01/25

Cuestiones topológicas


Cuestiones topológicas

Explicar la banda de Möbius es sencillo cuando se dispone de una cinta de papel. Basta unir sus extremos girando uno de ellos ciento ochenta grados y recorrerla con un dedo para advertir que lo que parecía tener dos lados ya no los tiene. La experiencia es inmediata, casi trivial.
Lo difícil comienza cuando se intenta dar cuenta de esa misma banda sin recurrir a la cinta.

Sin la operación material —torcer, pegar, recorrer— la explicación se vuelve imprecisa. Las palabras tienden a reinstalar lo que la experiencia había desarmado: la separación entre un lado y otro. La imagen tampoco ayuda demasiado; al fijar la forma, vuelve a introducir una dualidad que ya no está allí.

Esto no señala una falla del lenguaje ni un déficit pedagógico. Indica algo más preciso: que ciertas propiedades topológicas no existen como objetos visibles, sino como efectos de un recorrido. No se presentan a la mirada, se producen en el tiempo de una operación.

La banda de Möbius no es, en ese sentido, un objeto ejemplar sino un dispositivo. No ilustra una idea previa; la genera. Y muestra que hay formas cuyo estatuto no puede separarse del gesto que las constituye.

Tal vez por eso algunos conceptos —no sólo topológicos— no se transmiten por definición ni por descripción, sino por montaje y atravesamiento. No se comprenden desde afuera: se recorren.

Topología y sillosidad

 


Conversando con un amigo diseñador industrial, intentaba explicarle algo sobre la topología. Recurrí al teorema de Jordan: una línea poligonal cerrada siempre delimita un espacio interior y otro exterior. Da lo mismo que se trate de una circunferencia, un triángulo, un octógono o una figura irregular; todas son topológicamente equivalentes en la medida en que conservan esa propiedad cualitativa fundamental.

La topología puede pensarse como una geometría del caucho: admite estiramientos, pliegues y repliegues, siempre que no se alteren esas determinaciones que no son métricas ni cuantitativas, sino estructurales.

Le di entonces el ejemplo del Estado. Puede ser más o menos democrático, más o menos inclusivo, pero lo decisivo son sus determinaciones efectivas. Puede deformarse, adaptarse, estirarse, pero sin romperse.

Ahí apareció un ejemplo magnífico del diseño industrial: la sillosidad. Esa cualidad que hace que cualquier silla sea una silla; que permita cumplir una función precisa, la de sentarse. Una cualidad cuyo origen puede rastrearse en una roca o en un tronco caído, y que ya implica un desplazamiento respecto del simple sentarse en el suelo.

Sin ser especialista en objetos culturales, advertí que la historia de los distintos valores de uso puede leerse como una larga experimentación, en la que el pensamiento opera ya con elementos topológicos, además del empleo de lo que la física define como máquinas simples o vasos comunicantes.

2026/01/23

Sobre la desconfianza hacia el psicoanálisis

Sobre la desconfianza hacia el psicoanálisis

Freud afirma, en Sobre el inicio del tratamiento (1913), que la desconfianza hacia el psicoanálisis “no es más que un síntoma entre otros”. La frase es fuerte y, leída sin apuro, deja pensando. Porque parece sugerir que incluso antes de comenzar un análisis, sin conocer su funcionamiento, la neurosis ya estaría operando para resistirlo.

Conviene aclarar este punto para no deslizarse hacia una interpretación excesiva.

Que la desconfianza no deba tomarse como un juicio racional o ideológico es indudable. Freud tiene razón al separar la desconfianza del terreno de la opinión. No se trata de una crítica informada ni de una posición teórica frente al método. En ese sentido, discutir con el paciente o intentar convencerlo carece de sentido. La desconfianza no se debate: se inscribe.

Ahora bien, de ahí no se sigue que la neurosis “sepa” de antemano qué es el psicoanálisis ni que adopte una posición consciente frente a él. La neurosis no anticipa doctrinas ni evalúa métodos. No opera como una ideología.

Lo que resiste no es el psicoanálisis como teoría, sino ciertas operaciones que el dispositivo analítico pone en juego: una forma de hablar sin garantías, la suspensión del control del sentido, la exigencia de decir sin saber adónde se va. Antes de conocer el análisis, el sujeto ya ha tenido experiencias —en su propia historia— de lo que ocurre cuando ese régimen del decir se altera. Allí se juega algo más elemental que una opinión.

En este punto, la frase de Freud puede leerse de un modo más preciso: la desconfianza no es una crítica al análisis, sino un efecto defensivo frente a una práctica que amenaza un equilibrio previo, aun cuando ese equilibrio sea patológico. No es rechazo ideológico, es resistencia estructural.

Esto se vuelve particularmente claro en los tratamientos de larga duración. Pacientes que durante años sostuvieron una posición favorable hacia el análisis pueden, frente a ciertos puntos de verdad, incrementar sus resistencias y hasta reformular su opinión sobre el método. No es que “dejen de creer” por razones teóricas: es que algo del proceso toca un punto sensible. La opinión cambia como efecto, no como causa.

En este sentido, la desconfianza —antes o durante el análisis— no dice nada sobre la validez del método ni sobre la lucidez del sujeto. Dice algo sobre el modo en que la neurosis se defiende cuando se ve confrontada con una práctica que no promete sentido inmediato ni dominio consciente.

Leída así, la afirmación freudiana conserva toda su fuerza sin caer en una simplificación. La desconfianza no es una ideología ni una advertencia anticipada. Es un fenómeno clínico que señala, de manera indirecta, el lugar donde algo resiste a ser dicho.

2026/01/20

Entre la adaptación y la oscuridad

Entre la adaptación y la oscuridad

Hay un riesgo que hoy adopta dos formas opuestas pero solidarias:
que el psicoanálisis se vuelva un saber de adaptación, o que se repliegue como un saber oscuro.

La Ego Psychology mostró tempranamente una de esas derivas. En nombre de Freud, transformó la experiencia analítica en una técnica de fortalecimiento del Yo, orientada a la adaptación a la realidad y a la administración del conflicto. El inconsciente quedó reducido a un reservorio de fuerzas instintivas, y el análisis pasó a colaborar con una economía del éxito y la felicidad. Lacan vio con claridad que ahí no se estaba “actualizando” a Freud, sino desplazándolo.

Pero el problema no se agota en esa versión adaptativa. Existe el riesgo inverso —menos visible, aunque no menos grave—: que, como reacción, el psicoanálisis se preserve volviéndose opaco, iniciático, autorreferencial. Un saber que trabaja con sueños, fantasmas y formaciones del inconsciente puede fácilmente deslizarse hacia la fascinación por lo oscuro, confundiendo rigor con hermetismo.

Freud no eligió ninguno de esos caminos.
No transformó el análisis en una técnica de optimización del Yo, pero tampoco celebró el misterio como valor en sí mismo. Tomó sueños, lapsus, demonios o creencias arcaicas para reinscribirlos en una racionalidad, sin expulsar al sujeto que en ellos se jugaba.

El “retorno a Freud” no fue un gesto de fidelidad doctrinaria, sino una advertencia permanente: el psicoanálisis sólo se sostiene en la tensión entre razón y resto, entre formalización y experiencia, entre ciencia y aquello que la ciencia deja fuera.
Cuando esa tensión se pierde —por adaptación o por oscurantismo—, el psicoanálisis deja de incomodar.
Y cuando deja de incomodar, empieza a funcionar como ideología o como creencia.

De la ética al imperativo

 De la ética al imperativo

La difusión de frases de Freud o de Lacan no es en sí un problema.
El problema aparece cuando esas formulaciones son extraídas de la estructura que las hace operar y reinsertadas como consignas subjetivas.

“No ceder ante el deseo”, desanudada de la castración, del goce, de la ley y de la transferencia, deja de orientar una ética para funcionar como un imperativo de autosuperación. El deseo ya no es allí lo que divide al sujeto, sino lo que debe afirmarse sin resto.

En ese desplazamiento, el discurso analítico cambia de régimen: deja de interrogar la posición subjetiva y pasa a colaborar —aun sin proponérselo— con las técnicas contemporáneas de adaptación y optimización del yo.

Freud no incorporó sueños, lapsus o creencias “oscuras” para celebrarlos ni para explotarlos como recursos terapéuticos. Los tomó como formaciones que exigían ser reinscriptas en una racionalidad, sin eliminar al sujeto que en ellas se comprometía.

Cuando el psicoanálisis se vuelve compatible con todo, suele ser porque ya no toca el punto donde algo no cierra.

2026/01/15

Reactivación y un modo específico de trabajo intelectual

En la introducción a El concepto de modelo, Alain Badiou introduce una observación poco frecuente: señala que hubo un momento de su recorrido en el que pudo autorizarse a ir muy lejos en sus conceptualizaciones. No se trata de audacia ni de ruptura. Se trata de poder trabajar cuando la legitimación, la pertenencia escolar y la exigencia de novedad ya no organizan el decir.

Para nombrar ese momento, Badiou retoma una noción de Edmund Husserl: la reactivación de los sedimentos. La expresión es precisa. Los conceptos no desaparecen cuando quedan inconclusos. Se sedimentan. Permanecen como capas inactivas del pensamiento, no como restos, sino como formaciones que aún no han encontrado las condiciones de su funcionamiento.

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Este punto permite pensar un modo específico de intelectual, distinto tanto del productor constante de novedades como de aquel que, con el tiempo, se repliega en el comentario de su propia obra. Aquí el trabajo teórico no avanza por acumulación ni se resuelve en balance. Opera de otro modo: vuelve sobre fragmentos teóricos suspendidos —hipótesis parciales, esquemas incompletos, intuiciones sin método— para hacerlos trabajar en un campo ya transformado.

Reactivar no es recordar ni ordenar un archivo. Tampoco cerrar lo que quedó abierto. Es someter esos sedimentos a nuevas torsiones, de modo que puedan adquirir una eficacia que antes no tenían. El pasado no funciona como origen ni como garantía, sino como reserva activa.

En este régimen, el pensamiento ya no se expande. Se pliega. Gana densidad allí donde antes sólo había esbozo. Por eso este tipo de trabajo suele pasar inadvertido: no se presenta como obra nueva ni como recapitulación. No busca fundar escuela ni fijar programa. Se sostiene en una radicalidad menos visible, pero no por eso menor.

Tal vez convenga leer en este desplazamiento no un declive del trabajo intelectual, sino un cambio de régimen: cuando el pensamiento deja de responder a las condiciones externas de su validación y empieza a operar sobre sus propios sedimentos.

2026/01/14

La pulsión como concepto en trabajo- Epistemología, ideología y variación conceptual en Freud


La pulsión como concepto en trabajo

Epistemología, ideología y variación conceptual en Freud

El abordaje del concepto de pulsión exige, antes que nada, una precisión epistemológica. Como advierte Freud, ninguna ciencia —ni siquiera la más exacta— comienza por conceptos básicos claros y definidos; por el contrario, su punto de partida es la descripción de fenómenos que sólo progresivamente son ordenados y articulados mediante ideas abstractas inicialmente indeterminadas, que operan como convenciones provisorias más que como definiciones cerradas. En este sentido, la pulsión no debe ser entendida como una entidad positiva ni como un dato natural inmediatamente accesible, sino como un operador conceptual en proceso de elaboración, cuya consistencia depende de su capacidad para organizar un campo de fenómenos heterogéneos. Esta perspectiva se vuelve más nítida si se la articula con la tesis de Louis Althusser según la cual una proposición ideológica es falsa en relación con el objeto que enuncia, pero verdadera en tanto síntoma de una realidad distinta a la que se refiere directamente (“Una proposición ideológica es una proposición que, funcionando como síntoma de una realidad distinta de aquélla a la que directamente se refiere, es una proposición falsa por cuanto trata acerca del objeto al que se refiere”, Curso de filosofía para científicos). Del mismo modo, Georges Canguilhem subraya que trabajar un concepto no consiste en depurarlo hasta fijarlo, sino en hacerlo variar: extenderlo, exportarlo fuera de su región de origen, incorporarle excepciones y conferirle progresivamente la función de una forma mediante transformaciones reguladas (“Trabajar un concepto es hacer variar su extensión y su comprensión… en resumen, darle progresivamente, mediante transformaciones reguladas, la función de una forma”, Études d’histoire et de philosophie des sciences). Leída bajo este paraguas, la pulsión freudiana no aparece como una noción oscura a corregir, sino como un concepto necesariamente móvil, cuya verdad no reside en la definición sino en su potencia operatoria para dar cuenta de una torsión real entre cuerpo, lenguaje y satisfacción.

2026/01/13

Freud, lingüística y formalización: una genealogía conceptual


Freud, lingüística y formalización: una genealogía conceptual

Puede plantearse de manera directa la siguiente hipótesis: Freud se anticipa a la lingüística sin emplear categorías lingüísticas, describiendo el funcionamiento de las representaciones con una materia prima teórica más cercana a las leyes de la física que a las del lenguaje. En La interpretación de los sueños, Freud introduce nociones como condensación y desplazamiento para dar cuenta de regularidades que no dependen del contenido consciente, sino de desplazamientos de intensidad, superposición de huellas y redistribución de acentos.

En el momento en que Freud formula la condensación y el desplazamiento, la lingüística como disciplina todavía no existía. Para dar cuenta del funcionamiento de las representaciones oníricas, Freud recurrió entonces a los instrumentos conceptuales disponibles: un léxico tomado de la economía y de la física, centrado en desplazamientos, condensaciones y transferencias de intensidad. Con esos recursos, logró aislar regularidades formales que no podían pensarse aún en términos lingüísticos, pero que más tarde serían leídas como tales.

La fundación de la lingüística estructural en Ferdinand de Saussure inaugura un nuevo campo teórico capaz de pensar el lenguaje como sistema de diferencias. Esta elaboración no dialoga con Freud ni se apoya en él; constituye una fundación autónoma, que introduce instrumentos conceptuales inéditos para formalizar el funcionamiento del lenguaje.

Un paso decisivo dentro de ese campo será dado por Roman Jakobson, quien distingue los dos ejes fundamentales del lenguaje —selección y combinación— y los articula con las figuras retóricas de metáfora y metonimia. En Jakobson, estas figuras dejan de ser recursos estilísticos para convertirse en operadores estructurales del lenguaje.

Será Jacques Lacan quien, apoyándose explícitamente en Jakobson, relea las formulaciones freudianas y establezca la homologación entre condensación y metáfora, y entre desplazamiento y metonimia. Esta operación no implica que Freud hubiera formulado ya una teoría lingüística ni que la lingüística venga a completarlo. Se trata de una reformalización conceptual: un mismo funcionamiento es ahora pensado con instrumentos distintos, propios de un campo teórico que Freud no tenía a su disposición.

Lo decisivo es que no cambia el funcionamiento o el movimiento que se intenta captar, sino el régimen de formalización. Freud lo describe con categorías económico-físicas; Jakobson lo inscribe en la estructura del lenguaje; Lacan articula ambas dimensiones en el campo del psicoanálisis. No hay aquí progreso lineal ni corrección retrospectiva, sino desplazamientos en el aparato conceptual que permiten decir de otro modo lo que ya estaba en juego.

Que Freud aparezca hoy como un precursor de la lingüística no implica que haya formulado conceptos lingüísticos ni que su teoría contuviera ya una lingüística implícita. Implica algo más preciso: Freud aisló un funcionamiento que la lingüística estructural formalizará más tarde con otros instrumentos. En ese sentido, hay anticipación, no como propiedad intelectual ni como identidad conceptual, sino como adelantamiento en el reconocimiento de un problema.

Lo que se traza aquí es una secuencia de formalizaciones: distintos momentos en los que un mismo funcionamiento es captado y pensado con recursos teóricos diferentes, desde categorías económico-físicas hasta categorías lingüísticas y su articulación psicoanalítica.