La vanguardia topológicamente modificada
Freud,
Mao y el 1 en 2 de la escucha
Hay una pregunta que no me suelta desde hace años: ¿cómo descubrió Freud esa escucha? No me refiero a la técnica —la asociación libre, la atención flotante—, sino a la posibilidad misma de que alguien se sentara frente a una histérica y escuchara lo que nadie escuchaba. Porque no pudo haber dicho "voy a escuchar lapsus" y empezar ahí. Tiene que haber habido determinaciones que lo hicieron llegar a eso.
La
respuesta habitual es unilateral: las histéricas le contaron sus sueños, él los
interpretó, y así nació el psicoanálisis. Es verdad, pero incompleto. Supone un
Freud observador pasivo de un discurso ajeno, y Freud no fue eso. Puso en juego
su propia neurosis, su propio autoanálisis, su propio lapsus. El olvido de
Signorelli no es un episodio pintoresco de su biografía: es la condición de
posibilidad de la escucha analítica. Freud no podía escuchar el lapsus del
paciente si no había escuchado el propio. Y no podía escuchar el propio si el
discurso de las histéricas no le hubiera devuelto, como un espejo, la legalidad
de lo que falla.
Ahí
hay una dialéctica que no es fusión ni jerarquía. Las histéricas no eran el
objeto pasivo de un saber; producían el material sin el cual Freud no tenía
nada que escuchar. Y Freud no era el observador externo que descifra; era un
sujeto atravesado por su propia neurosis. El descubrimiento del inconsciente no
lo hizo Freud: se hizo entre Freud y las histéricas, en la transferencia, que
es el nombre técnico de ese entre. Es un 1 en 2: cada polo conserva su
diferencia, ninguno existe antes del otro, y lo que emerge del acoplamiento es
un excedente que no estaba en ninguno de los dos.
Muchos
años después, releyendo a Mao, reconocí el mismo patrón. "Desde las masas,
para luego retornar a ellas", el pez en el agua, "aprender de las
masas": la relación entre el partido y las masas a las que dirige se
transforma radicalmente. Es el obrero o el campesino quien debe instruir. El
partido no deja de ocupar un lugar de vanguardia, pero se trata de un lugar
topológicamente modificado: ya no está sobre la masa, está en ella. El pez no
está fuera del agua: está en el agua, y por eso puede moverse. La vanguardia no
es la orilla de la masa: es un pliegue de la masa.
Esa
modificación topológica es la misma que opera en el análisis. Lacan le dio al
viejo paciente el nombre de analizante, desplazando el protagonismo hacia el
sujeto y ubicando al analista en la posición de objeto. El analista no ocupa el
lugar del saber: ocupa el lugar del objeto causa, que es un lugar dentro del
campo, no fuera. Cuando yo era el obrero de Mao, el analista, en su función de
vanguardia, facilitaba mi producción sin obturarla. No sabía de antemano lo que
yo iba a decir. No podía saberlo: si lo hubiera sabido, no habría escucha,
habría sugestión.
De
ahí se sigue algo que me parece decisivo para pensar cualquier epistemología.
La escucha analítica y "aprender de las masas" son la misma
operación: renunciar a la orilla. En ambos casos, el que ocupaba el lugar del
saber —el médico, el partido— se descubre parte del campo que pretende
conducir. El analista no escucha desde afuera de la transferencia: está en
ella, como el partido está en las masas. Y el descubrimiento —el inconsciente,
la conciencia de clase— no es el producto de un sujeto que sabe, sino el
excedente que emerge del acoplamiento.
Esto
tiene una consecuencia para la ciencia que me interesa subrayar. La ciencia
moderna se constituyó sobre una exclusión: el sujeto que formula queda fuera de
la formulación. La ley de la gravedad no necesita a Newton; la tabla de
multiplicar no necesita a nadie que la pronuncie. Pero esa exclusión es un
efecto de la enunciación, no un hecho del mundo. El sujeto no deja de estar en
el campo que describe: deja de figurar en la descripción. Y esa diferencia
—entre no estar y no figurar— es la que una epistemología del pliegue vuelve
visible. El sujeto excluido no es un resto que retorna y encuentra alojamiento
en otro saber: es la condición de toda formulación, incluida la formulación de
esa condición. No hay orilla desde donde mirar la turbamulta; la primera
silueta que se dibuja en su interior es la percepción que la describe, hundida
como el resto en la misma masa.
Freud
y las histéricas, Mao y las masas: el 1 en 2. No se trata de conciliar
tradiciones ni de forzar analogías. Se trata de reconocer que en ambos casos el
saber se produce en un acoplamiento que no borra a los términos ni los jerarquiza,
y que el que escucha —el analista, el partido— solo puede escuchar si acepta
que también él es hablado por eso que escucha. La vanguardia topológicamente
modificada no es una renuncia a la dirección: es la única dirección que no se
vuelve sordera.

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