2016/02/15

La teoría y la disputa por la verdad

El desarrollo de la teoría hoy no es algo que sea muy bien visto o que tenga demasiada buena prensa. Por una cuestión casi instintiva -desde el sentido común imperante al igual que desde las mismas usinas conceptuales del Establishment-, se recomienda no ahondar demasiado en nada que lleve algún rastro de abstracción ya que lo importante es el efecto, el resultado. Algo que, en medio de una cantidad de vulgaridades poco atractivas, se impondrá como sobresaliente, como exitoso; aunque esté condenado al desgaste, y que cualitativamente no se diferencia demasiado de lo que en su irrupción pudo distanciarse. Había resultado una diferencia de matiz, de contraste, pero no de propiedades básicas. Desde una visión conservadora o reaccionaria, la teoría resulta innecesaria o tal vez en esa afirmación se dé por sentado que no hace falta ninguna conceptualización nueva a la ya existente, encubierta ella como realidad fáctica.

Tampoco resulta demasiado convincente, el desarrollo teórico, a la luz de razonamientos propios a un sentido común transformador o libertario que privilegia antes que nada la experiencia y los resultados prácticos. En las últimas décadas, la mayoría de los discursos disruptivos como pueden ser el marxismo o el psicoanálisis, fueron cooptados en su casi totalidad por el Discurso de la Universidad; construyendo una visión hegemónica acerca de que no tienen otra condición de posibilidad más que en el seno del academicismo. Esto conlleva casi explícitamente la profundización de la división del trabajo, ahondando la grieta entre la labor intelectual y la manual. De esta forma la verdad de la teoría ya no es práctica, o en todo caso ella está referida al conocimiento indirecto, o sea, a la práctica de los otros. Que discursos transformadores hayan sido cooptados por el discurso académico, son el resultado de las grandes derrotas culturales sufridas a fines del pasado siglo. El academicismo como aparato ideológico de Estado viene así a absorber y acondicionar a saberes que tuvieron su irrupción por fuera de sí, aunque necesariamente ellos deban ser inscriptos en el desarrollo del Discurso de la Ciencia. La perspectiva  de esos discursos disruptivos terminó siendo sumamente crítica de lo que hoy los volvió a encerrar en los límites intrínsecos del pensamiento dogmático. Por esta cuestión señalada, la principal tarea teórica debiera ser romper con esos límites y desarrollarse en el territorio adecuado. Esto último sólo es posible en un proceso gradual de desconexión institucional con los principales enclaves del academicismo, para poder iniciar desde otros lugares un desarrollo autónomo  que apunte a una nueva institucionalidad. 

Los trabajadores, los movimientos sociales, los artistas, los poetas deben tener sus propios intelectuales, que piensen y definan con autonomía del sentido común académico, y que lo pongan también en tela de juicio. Desarrollar el discurso teórico desde esos territorios producirá un cambio sustancial en las relaciones de fuerza que enfrentan la supremacía de la verdad. Esto pareciera utópico si nunca hubiera existido. 

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