
Cuando Marx definió al proletariado como una clase social capaz de transformar la sociedad de una forma inédita, es decir no como una prolongación natural de esta sociedad, sino como subversión ininterrumpida de lo dado, no se equivocó en absoluto.
Los obreros eran y aún lo siguen siendo, los productores de todas las riquezas sociales, y por su lugar en las relaciones de producción son la única clase contradictoria a quienes viven del trabajo ajeno, es decir la burguesía.
La clase obrera hoy no posee la potencialidad de ruptura que había vislumbrado Marx, pero no porque este se haya equivocado, sino porque sus enemigos lo entendieron muy bien a esto y realizaron todo un proceso de desarticulación del sujeto proletario, manteniendo su potencial productivo a pesar de la incorporación cada vez mayor de tecnologías avanzadas. La burguesía no es tal sino explota para sí, a los que lo único que poseen es fuerza de trabajo para vender. No desaparecieron las dos clases contradictorias, ni desapareció el modo de producción capitalista, lo que hoy no se presenta como evidencia, es el antagonismo que pueda producir una ruptura radical de la sociedad.
Tras los triunfos de las revoluciones socialistas en el siglo XX, los capitalistas entendieron sus riesgos y a partir de los mismos supuestos de Marx, trazaron un plan de desarticulación global de las fuerzas revolucionarias tanto sociales como políticas así como también infiltraron las ideas de las vanguardias ideológicas.
La unidad obrera plasmada en grandes concentraciones fabriles y urbanas hoy no es tal.
El tiempo necesario para la formación de organizaciones clasistas fue roto por la precariedad, y la unidad, por la creciente desocupación y marginación, dando lugar a la conformación de una cada vez mayor franja que podemos denominar sin ningún modo peyorativo: lumpenproletariado.
Es sabido que este sector de la sociedad desde El Manifiesto, es un sector retrógrado y factible de unirse por limosnas con los que sostienen el poder, y que a su vez, no tienen la más mínima voluntad de unirse al resto de los sectores populares ya que los ven negativamente, cosa que a las clase dominantes obviamente les conviene ya que ellas no están en su panorama visual, ya que las estructuras urbanas están diseñadas actualmente para que determinados sectores sociales no se crucen en la vida diaria.
Los trabajadores activos y productivos hoy no se ven a sí como proletarios ya que el sentido común imperante hace que ellos mismos se auto vean como sectores medios con ciertos privilegios.
Por otro lado los medios masivos fueron desarrollando en las masas un alto nivel de individualismo y de renegación de cualquier cambio posible, haciendo que nadie ya sueñe con un mundo mejor. Por otro lado desde las izquierdas mismas la idea de vanguardia pasó a ser parte de una blasfemia que hay que erradicar, y de esa forma lo único que se produce es tranzar con la mediocridad reinante.
Todo esto da la impresión de ser una cruel pesadilla de la que uno pareciera no poder despertar nunca. Tal vez nunca despertemos, pero de lo que estoy seguro es que Marx no se equivocó en absoluto. Tal vez los marxistas posteriores (salvando honrosas excepciones como Lenin por ejemplo), no tuvieron la agudeza que tuvo él, para analizar la sociedad y marcar un rumbo liberador efectivo. De todas formas no es posible descartar que esto suceda y que la esperanza resurja.


